miércoles, 6 de mayo de 2020

Escribo un tuit, lo publico y enseguida me arrepiento. Es justo lo que había intentado no hacer: un mensaje con muchas lecturas y una de ellas, la que me preocupa, un ataque: "Cuando la gente se queja se cree más inteligente que quienes no hacen eso, pero es mentira", Jody Williams, Premio Nobel de La Paz 1997.
A últimas fechas me descubro haciendo este tipo de cosas: escribiendo, citando, con tal de establecer una postura frente a algo que recién he leído. Sin embargo no es una respuesta, sino una toma de postura para mostrar que no estoy de acuerdo. Hace poco escuché que quedarse callado cuando se opina diferente propicia que se asuma que hay una sola postura frente a un hecho, aunque no sea cierto. Por eso, me justifico, escribo, tuiteo...
Pero un instante después siento que es mi obligación arrepentirme, que no debo cooperar a estos discursos de odio o fanatismo. Entonces recuerdo aquel estudio que hicieron en una comunidad que se amaba, pero que cuando la enfrentaron lograron que se atacara con la demencia de los odios ancestrales. La anécdota la cuenta Doris Lessing en la conferencia "Ustedes están condenados, nosotros estamos salvados", incluida en el libro Las cárceles elegidas publicado por el FCE en 2014 (2a reimpresión, traducción de María Antonio Neira Bigorra y Juan Carlos Rodríguez Aguilar).
Voy al librero y busco el texto, leo los subrayados que hice. Como creo que es imposible abreviar la conferencia, pero los subrayados descubren en cierta forma lo que fue esencial para mí, transcribo:
"[...] podríamos estar en una habitación llena de amigos queridos y tendríamos que saber que nueve de cada diez se volverán nuestros enemigos cuando lo exija la manada".
"[...] casi todos se comportan automáticamente, pero siempre hay una minoría que no lo hace y me parece que nuestro futuro, el futuro de todos, depende de esta minoría".
"Sabemos que la gente en grupo con toda probabilidad se comportará de manera bastante estereotipada, sabemos que asumirán conductas predecibles".
"A la gente le gusta la certidumbre; más aún, anhela la certidumbre, busca la certidumbre y las grandes verdades sentenciosas".
"[...] los adversarios nunca son tan odiados como los viejos aliados".
"Cada bando no tenía una sola cosa buena que decir del otro, cada bando estaba mintiendo... y mintiendo con la conciencia tranquila, pues el fin justifica los medios".
"Hoy todos hablamos de las 'capillas' del socialismo, de los 'dogmas' del marxismo, similares a los de los fanáticos religiosos, pero yo me pregunto si este modo de hablar no se habrá convertido ya en un medio de no pensar".
"Tal vez no sea exagerado decir que en estos tiempos de violencia nuestro deseo más benigno y sabio para los jóvenes deba ser: 'Esperamos que su periodo de inmersión en la locura de grupo, en la mojigatería de grupo, no coincida con algún periodo de la historia de su país en que puedan poner en práctica sus ideas criminales y estúpidas. Con un poco de buena suerte, saldrán muy mejorados por su experiencia de lo que son capaces de hacer en materia de fanatismo e intolerancia. Comprenderán perfectamente cómo las personas cuerdas, en los periodos de locura pública, pueden asesinar, destruir, mentir y jurar que lo negro es blanco".

jueves, 27 de octubre de 2016

Me gustaba Susana como ninguna mujer hasta ese momento de mi vida. Íbamos en secundaria y me encantaban su ligero sobrepeso, sus ojos grandes y su risa escandalosa. No me importaba que jugara conmigo al amor, ni que tuviera novio y que fuera precisamente Zárate (uno de mis mejores amigos en primaria, con quien había pasado muchas tardes viendo películas viejas y comiendo tacos dorados de carne -la especialidad de su mamá-). Susana era mi obsesión al despertar y en el último segundo antes de caer dormido; era la causa de que me castigaran en clases por estar platicando o pasándome papelitos en los que le insinuaba cuánto me enloquecía que ella se dignara mirarme y seguir mi juego de cortejo.
Una mañana, en alguna materia donde Zárate no estaba, alguna profesora me reprendió y me obligó a tomar clase desde el escritorio. El castigo se convirtió en premio, pues justo frente a mí estaba Susana. No recuerdo cómo empezó todo, pero casi puedo sentir el pie de Susana subiendo por mi entrepierna mientras ella sonríe pícara. Nadie en la clase se percata de nuestro entretenimiento, pues la maestra explica algo delante del pizarrón, en la esquina opuesta a donde Susana y yo jugamos. Soy capaz de percibir el instante justo en que ella se descalza esos armatostes negros que le exigían a las adolescentes de mi secundaria y comienza a levantarme el pantalón y acariciar mi pierna, subiendo muy suavemente. Recuerdo con la frescura con que se conserva al primer amor, cómo hice lo mismo que ella y cómo, cuando terminó la clase, ambos respirábamos agitados y teníamos la cara roja.
Esa tarde mi padre no fue a recogerme y la mamá de Susana tuvo algún contratiempo que la hizo llegar pasada una hora o quizá más. Entonces no había celulares y al menos ella y yo teníamos la orden de esperar en la escuela hasta que llegaran por nosotros. Sabedor de las frecuentes borracheras que mi padre estilaba entonces, lo esperaba hasta las 4 de la tarde; si no aprecía, me enfilaba a casa sin temer algún castigo. Esa tarde, Susana y yo nos fuimos quedando solos poco a poco. Yo fui a la tienda y compré unos bimbuñuelos Bimbo, que entonces traín estampas de Alvin y las ardillas como promoción. La que me tocó traía a Alvin delante de un gran corazón, creo que pensando en Britanny. Eso fue suficiente pretexto para que comenzáramos a platicar, sentados en la banqueta delante de la secundaria. Recuerdo que me platicó de su padre, a quien ya no veía, del nuevo novio de su madre y de lo mucho que odiaba la escuela. Creo que yo le confesé las muchas veces que había caminado frente a su casa sin animarme a tocar jamás, de la ocasión que la había visto con Zárate comiendo un helado y de lo mucho que odiaba (y envidiaba) a su novio. Ella reía con esa naturalidad que me excitaba, me tomaba de la mano y una o dos veces se acercó mucho a mi cuerpo y estuvimos a punto de besarnos. Supongo que para nosotros el mundo en ese instante era otro, que lo que hacíamos era nuevo y esplendoroso, que estábamos disfrutando tanto el momento que nos aislamos de el rededor y dejamos de percibir que pasaban carros, que algunas personas caminaban tras nosotros e, incluso, que su madre había llegado, estacionado el carro y nos miraba entre inquieta y asombrada sin atreverse a interrumpirnos.
No me acuerdo en que instante se rompió el encanto, pero si que cuando descubrimos a su madre viéndonos desde su auto, comenzamos a reirnos de forma nerviosa, como los amantes que han sido descubiertos. Entonces nos levantamos y yo la acompañé hasta el vehículo, le abrí la puerta y saludé a la madre de Susana, quien me sonreía de esa forma condescendiente que tienen las madres. Entonces Susana me dio un beso rápido, furtivo, en la boca y cerró la puerta, sonriendo como si fuera ese un momento dichoso.
No sé qué pasó después entre nosotros, pero nunca llegamos a ser novios. Zárate en algún momento terminó su noviazgo con Susana y comenzó a salir con Elvia. Yo después me enamoré de Liz y nunca me hice su novio, aunque nos escribíamos largas cartas de lo que considerábamos era el amor. Susana un día dejó de ir a la secundaria con nosotros. Muchos años después El Negro me contó que Susana era madre soltera, creo que enfermera. Y yo, ahora que he escuchado "La ciudad ardió", con Alejandra Guzmán, he tenido la certeza de que esa mañana, esa tarde, al lado de Susana es algo que nunca olvidaré.

martes, 18 de septiembre de 2012

Eraclio Zepeda considera que un cuento debe escribirse en una sentada. Las correcciones, las anotaciones, los agregados, la estructura, pueden llevar días o años, pero la escritura como tal debe realizarse de una sola vez. Con eso en mente, me despierto a las 4:30 a terminar un cuento que llevo semanas escribiendo, reescribiendo, planeando. Prendo la laptop y releo las paginas que llevo escritas y tras teclear por hora y media, por fin creo que el texto está terminado.
Pienso, todavía en la oscuridad de la madrugada, que el cuentario pronto estará listo y lo dejaré reposar el mayor tiempo posible, tal como Sada nos recomendaba en su taller. Entonces recuerdo las tardes que veía a los compañeros del taller, las pláticas que teníamos en el vocho, cuando regresábamos de la Casa del Lago y me pregunto qué será de ellos. Por supuesto, la pregunta es retórica. A todos los tengo en mi Facebook y sigo sus vidas: unos publican más que otros, pero siento que sea como sea, aquel grupo sigue unido muy a pesar de que hemos dejado de vernos y de que Daniel Sada murió.
De todos, con quien más contacto tengo es con Jorge, con quien comparto poemas, blogs, canciones a través del FB. Él sabe de mis gustos literarios y, como asiduo visitante que es de la Biblioteca Central, me avisa cuando llega algún tomo que pueda interesarme: Plath, Carver, Hughes...
Hace algunos meses Jorge me comentó que iban a publicarle su poemario, en la UAM, y que además se avecinaba una edición en Argentina. En aquel entonces, decía él, yo era el único editado de los del taller de Sada, pero pronto seríamos dos huérfanos sadianos que no tendríamos un padre a quien llevarle nuestrso escritos.
No sé si fue entonces, antes o después que pensé en una novela donde nos disfrazaríamos en personajes, muy al estilo Bolaño, e intentáramos encontrar a Juan Crisóstomo Álvarez, el "mejor escritor que hubiera conocido" Daniel.
Sabiendo que a Jorge le gustaba Bolaño, empezamos a bromear con una carta que alguna vez le escribió el chileno a Mario Santiago Papasquiaro: "Estoy escribiendo una novela en donde tú te llamas Ulises Lima. La novela se llama Los Detectives Salvajes".
Entonces le dije: "Estoy escribiendo una novela en donde tú te llamas Jose Posadas. La novela se llama Hace falta un maestro". Y comenzamos a desvariar, diciendo que en lugar del Parque Hundido, el encuentro con algún poeta de la talla de Paz sería en un restorán Wendy's (el mismo del que tanto hablaba Sada), y que en lugar de Cesárea Tinajero, buscaríamos a Juan Crisóstomo, y así nos pasamos varios minutos hablando de nuestra versión mexicana de Los detectives salvajes.

Decía entonces que eso lo recordaba en la mañana, tras terminar un cuento. Y a eso de las once, ya en el trabajo, apareció Jorge con su poemario en la mano. El saludo fue rápido como siempre, sin muchas palabras. Retiró el celofán con que envuelven los libros y cuando le extendí una pluma, escribió:
Casa de Lago a las 6pm
es uno de los lugares más hermosos del universo
Jorge Posada
18 9 12

Luego platicamos unos minutos y lo vi irse por la puerta de cristal que divide la oficina del resto del mundo.
Abrí el libro y no paré de leer hasta que llegué al colofón. Tuve ganas de llorar, de nostalgiar hasta el límite, de acordar una reunión en la que todos los que íbamos a ese taller nos reuniéramos y platicáramos como entonces: de Herralde, de Sada, de Arreola, de los senos de cierta muchacha, de las palabras rimbombantes de cierto joven... Fue como si algo muy bueno le hubiera pasado a un hermano, fue como si al final de todas estas jornadas, existiera algo que nos uniera y nos marcara como personas diferentes, gente que convivió con Sada, jóvenes que platicaban dentro de un vocho sobre sus planes a futuro que hoy se están realizando...


(Copio dos poemas de Costa sin mar)

EL JEFE ME LLAMA A SU OFICINA.

Pregunta sobre mi comportamiento,
faltas y retardos.
No contesto.

Desafortunadamente no soy atractivo como Mr. Anderson
y ningún Morfeo tiene mi número de celular.

Regreso a mi escritorio.
Espero la hora de salida,
el año en que por fin me retire.


MI PADRE PREGUNTA
por qué no visto como los escritores
que aparecen en la televisión,
por qué no digo frases inteligentes.

Dice que no tengo carisma.

Quiere saber cuándo ganaré concursos.
Cuándo seré traducido a cuarenta idiomas.

Observa mis jeans rotos
(como los que usaba en la adolescencia).
Sabe que equivoqué el camino
o nunca lo tuve.*

*Posada, Jorge (2012), Costa sin mar. UAM, México, 46 páginas.

jueves, 30 de agosto de 2012

I.
El año pasado conocí a un joven estudioso que leía, sobre todo, libros de jóvenes escritores mexicanos. Para ello, buscaba en librerías, tianguis, ferias y ventas nocturnas. Varios libreros ya lo conocían, así que cuando llegaba un nuevo ejemplar del Fondo Editorial Tierra Adentro u otra editorial que publicara a menores de 40 años, lo llamaban y le ofrecían la nueva mercancía.
Con algunas cervezas dentro del cuerpo, empezamos a platicar al respecto y me externó una duda que le venía tras leer un buen libro de un joven escritor: ¿por qué tan pocos llegaban a publicar un segundo libro y luego un tercer libro y...? En aquel momento aventuré que se debía a que muchas veces el escritor ve en su primer libro publicado un paso certero a la fama, al reconocimiento, pero estos raramente llegan. "Después de que el libro está en librerías viene una avalancha de comentarios por parte de los amigos y familiares, pero puede pasar un mes, medio año, sin que salga una reseña del tomo", le dije un poco amargoso. "Hace poco alguien me decía que la mejor reseña, de las pocas que hubo, de su primer novela apareció seis años después de publicada. Ahora, imagínate", le dije a aquel muchacho, "como escritor esperas que a partir de ahí se abran las puertas, que se reconozca tu trabajo, pero al final te das cuenta que no elegiste bien a la editorial donde publicaste, o que no hubo la promoción que esperabas o que, simplemente, el libro no pegó. Entonces, supongo, viene una depresión terrible, pues aquello por lo que luchaste por varios años, escribiendo con la esperanza de que vendrían sólo cosas buenas, no se dio. Tu libro fue uno de los miles que se editaron ese año, tuvo un precio mayor a la de los bestsellers y sólo estuvo en las estanterías 15 o 30 días".
Creo que la cerveza ayudó a que cambiáramos de tema, y después de aquella plática, nunca volvimos a vernos.

II.
Leila Guerriero publicó unos días atrás un interesante artículo en El País: Los escritores y su primer libro. En él da a conocer el testimonio de varios autores quienes describen cómo fue el asombro al escuchar que al fin les publicarían: "Una voz dice algo en el teléfono, o una mano escribe un par de frases, y, al otro lado de la línea, del buzón, de la pantalla, un ser humano recibe el impacto con el cerebro paralizado por la euforia, con un vahído de felicidad o desesperación, porque la voz o el par de frases son el punto de llegada —y de partida— de algo que busca su destino desde hace meses, o quizás décadas, y ahora, al fin, después de que una cantidad de azares o insistencias hicieran su trabajo, la llamada o las frases vienen a decir estimado, aunque a usted no lo conoce nadie, aunque no ha publicado nunca nada, hemos leído su manuscrito y se lo vamos a publicar. El vahído y el impacto y la parálisis eufórica se repetirán, después, con variaciones. Pero nunca —nunca— como en ese punto de la existencia en el que un escritor inédito recibe la noticia de que alguien lo publicará por primera vez".
Después vienen los testimonios de quienes dicen que el primero fue el libro que los marcó o del que actualmente se avergüenzan o el que les abrió las puertas o..., pero poco dicen qué pasó después, entre el primer libro y el segundo, la escritura y publicación del segundo. Qué pasa cuando se tiene el libro entre las manos y no se sabe si leerlo o dejarlo reposar, en que no se sabe si escribir de inmediato otro libro o dejar que los sentimientos se estabilicen. Ninguno de esos autores dice cómo hicieron para tener el valor de sentarse e intentar escribir otro libro aún cuando no se sabe cómo le fue al primero.
Jaime Mesa, en su columna de la revista Crítica, habla un poco al respecto, de ese vacío que llega y se instala en la vida del escritor entre un libro y otro, entre la publicación de un libro y la escritura del siguiente, de esa parte de la que no hablan los manuales de escritura, ni dan clases en las escuelas para escritores, que es cómo sobreponerse al primer libro (segundo, tercero, cuarto...) tras el cual uno comienza a creerse escritor pero nada se lo confirma. Ese instante en que no basta ir a encuentros de escritores, presentar el libro, dar entrevistas, pues siempre se siente que no se es suficientemente escritor, que siempre faltan páginas por escribir, historias por contar.
A veces tomo como ejemplo a un amigo muy querido, quien con su libro 13 logró colarse en las listas de los mejores libros del año. En esas mismas listas había algunos primeros libros de otros jóvenes, pero también el libro del "autor conocido" editado ese año.
Más allá de la calidad de unos y otros, tomo ese ejemplo porque pienso que él, mi amigo, lleva "muchos" libros antes del que lo está "consagrando" (por llamar de alguna forma a ser apreciado por los críticos, porque su nombre esté en boca de otros escritores, porque empieza a ser reocnocidos por las editoriales importantes-comerciales). Entonces vuelvo a mí y pienso en mi única novela y en que hay que seguir escribiendo para ir haciendo camino...

III.
Fui al Colmex, a su biblioteca, a dejar unos libros. Recordé que años atrás había soñado con estudiar un posgrado ahí, pero también pensé que la vida me había llevado por otro camino. De regreso a casa comencé a escuchar un fragmento de Soldados de Salamina en voz de Javier Cercas y de pronto, como si todo lo anterior hiciera un clic, tome consciencia de que ese proceso (gracias a Dios) al parecer le ocurre a muchos. Dice Cercas:
"...En realidad, mi carrera de escritor no había acabado de arrancar nunca, así que difícilmente podía abandonarla. Más justo sería decir que la había abandonado apenas iniciada. En 1989 yo había publicado mi primera novela; como el conjunto de relatos aparecido dos años antes, el libro fue acogido con notoria indiferencia, pero la vanidad y una reseña elogiosa de un amigo de aquella época se aliaron para convencerme de que podía llegar a ser un novelista y de que, para serlo, lo mejor era dejar mi trabajo en la redacción del periódico y dedicarme de lleno a escribir. El resultado de este cambio de vida fueron cinco años de angustia económica, física y metafísica, tres novelas inacabadas y una depresión espantosa que me tumbó dos meses en una butaca, frente al televisor".
A Cercas lo conocí ya no recuerdo cómo, pero sí que cuando leí El inquilino supe que si quería ser escritor (cantaleta que había reiterado por cinco o 10 años) debía ponerme a escribir y no dejar que otro viniera a ocupar mi lugar o a escribir lo que yo deseaba. Así, cada que decaían mis ánimos por escribir la novela que entonces tenía en mente, volvía a Cercas y tras leerlo iba de inmediato a la computadora y continuaba con la historia que no me abandonaba.
Tal vez por eso mi inconsciente me hizo escuchar a Cercas justo en este momento, porque necesitaba recapacitar para que al despertar de madrugada tomara la computadora y me atreviera a meterle mano a esos cuentos que han reposado en mi cabeza y en la laptop. Hoy, al menos, amanecí con ese ánimo y volví a escuchar ese fragmento de Soldados de Salamina, pues a falta de un maestro que me indique el camino sigo confiando en los libros como remedio para estas crisis.

IV.
Recuerdo esa frase de Pedro F. Miret en Insomnes en Tahití : "El arte no es un filete que se puede pedir 'termino medio' o 'bien cocido' según el gusto del cliente. Hay que dar libertad al cocinero y estar preparados a que nos lo pueda servir quemado algunas veces".
Sigamos entonces cocinando, antes de que el aceite se enfríe.

martes, 14 de agosto de 2012

Mi tío se formó en una época en la cual bastaba un título de secundaria técnica para poder ser el más grande de los hombres. Que sepa, sus estudios de contador público los adquirió entre los 12 y 15 años, y después de trabajar en una licorería, de ser el mandamás del barrio de El Mosco y tras un primer matrimonio y tres hijos, llegó a ser uno de los directivos de Bancomer en Hidalgo.
La gente lo respetaba y sus subordinados le temían. Era extraño verlo en horas laborales sin el ceño fruncido, ordenando aquí, repasando números allá. Pero fuera de esas horas, al menos en su plan de tío, era un buen tipo. Tenía, eso sí, un problema: le gustaba demasiado el alcohol, pero esto nunca fue impedimento para que diario, a las 5 de la mañana, se levantara a correr, fuera al club deportivo, se diera una sesión de vapor, saliera a tomarse una "polla" y, tras arreglarse en casa, se dirigiera al trabajo.
Hará unos 15 o 20 años que dejó sus oficinas en el banco y no sé muy bien desde qué momento comenzó a ser uno de los contadores de la presidencia municipal. De 10 o 12 años para acá, le perdí el rastro completamente, quizá porque me mudé en definitivo a México, tal vez porque dejé de juntarme con mi prima Chris, o a lo mejor porque la vida nos separo para conservar sólo los buenos recuerdos.

De niño era el consentido de mi tío. Si del banco lo mandaban a un curso a Yucatán, allá iba yo con él; si era a Veracruz, lo mismo. Así fue como conocí Palenque, Mérida, el puerto jarocho, y como probé por primera vez el arroz a la tumbada, los hotcakes con malteada de fresa y como fui formándome en muchos sentidos.
Recuerdo un viaje a Veracruz: las llantas del carro se poncharon tres o cuatro veces durante la noche. Mi tío, que tal vez veía en mí a los hijos que ya no estaban con él, dejaba a mi tía Lidia (su segunda esposa) en medio de la carretera con Chris, de 4 o 5 años, y con Cyn, aún una bebé. Mientras, nosotros íbamos pidiendo aventón hasta que llegábamos a una vulcanizadora y comprábamos unos "gallitos" para terminar el viaje. Luego regresábamos al carro y yo me sentaba a ver cómo mi tío metía la llave de cruz, sacaba un birlo, otro más y cambiaba la llanta.
Después, ya en Veracruz, mi tío me despertaba muy temprano y me llevaba a correr junto con él a la playa. De entonces es la foto que aparece acá.
En ese viaje, además, aprendí que las personas también fumaban por gusto, supe cómo subir una pirámide en diagonal para no cansarse y que nunca deberían dejarse unas quesadillas al alcance de un perro (cuando mi tío se dio cuenta de mi error, súper enojado fue hasta donde yo veía al perro comerse las últimas sobras y grito: "ahora que ese cabrón vaya al banco a pedirme una tarjeta de crédito no se la voy a dar", y le tiró una piedra o una patada al perro).

De mi tío conservo otro recuerdo prestado: De niño mamá nos recitaba un poema que empezaba: "¿Que yo te amaba como a un Dios? Mentira...". Siempre lo atribuía a Amado Nervo y yo no tenía por qué pensar que no lo era. Cuando escribí mi Hijo de hombre pensé que ese poema encajaba a la perfección en la trama. Así, como lo conocía sólo de oídas y las estrofas resultaban disparejas debido a la mala memoria de mamá, comencé a rastrearlo en antologías y obras completas de Nervo, sin hallar jamás una referencia a él. Así, un fin de semana que visité a mis padres, le pregunté a mamá por el poema y por qué lo atribuía a Nervo. Contestó que aquel poema estaba en un cuaderno de trabajo que un día mi tío había rescatado del fuego: "íbamos de regreso a casa y de repente vimos a un hombre tirando libros y cuadernos por una ventana. Abajo, había una fogata a la que iba a parar todo aquello. Mientras el hombre gritaba furioso: '¿poeta?, ¿poeta?, mi hijo no será ningún pinche poeta maricón', tu tío se acercó a la hoguera y sacó algunos ejemplares que aún no estaban quemados: 'mira, manita, el señor quemando libros y a nosotros tanta falta que nos hacen'". Luego, apagando las orillas de un cuaderno de trabajo, se fueron corriendo antes de que aquel hombre se percatara del hurto-rescate. Dijo, además, que si lo atribuía a Nervo era porque aquel era el único nombre de poeta que conocía.
La escena de la fogata y del hombre impidiendo que su hijo fuera poeta me gustó mucho y la puse en la novela. Del poema, tiempo después, me enteraría que era de José Santos Chocano, pero la referencia la obtuve de internet, así que nunca he tenido la seguridad de que sea cierta.

El último recuerdo que tengo de mi tío es de hace un mes o poco menos. Fui a Pachuca y me enteré que estaba enfermo, hospitalizado. Acudí a visitarlo y aquello fue como entrar en una realidad aparte. Estaba con mi abuelita, diciéndole "Chula" como toda la vida le había dicho, y a mí, el "gordo". En la tele estaba DePelícula, y en algún momento comentó algo de una actriz del cine de oro. "Mira, Gordo, yo que tanto ejercicio hice, cómo quedé, de qué me sirvió", y luego se apoyó en mí y empecé a ayudarlo a caminar. Días más tarde, a las seis de la mañana me habló mi tía: mi tío Arturo acababa de morir y yo era el encargado de decirle a mi madre.
En el funeral la mayor deuda quizá haya sido mi abuelita, para quien su hijo era TODO, pero cada que miraba a mi tía Lidia reir o a Cyn planear las canciones que pondrían a la hora del entierro, sólo podía pensar en Chris, la hija mayor que tuvo que convertirse en piedra para soportar el vendaval: ella hizo los trámites, dio las gracias a nombre de la familia... Y yo, que no me atreví sino a intercambiar unas palabras con ella, pues temía que se nos fueran a pasar los días llorando por mi tío, recordando los viajes de infancia, las navidades compartidas en la niñez, las madrugadas en que nos encontrábamos en algún antro y éramos los mejores amigos, o los sábados en que llegaba a su casa y empezábamos a beber junto a mi tío, escuchando sus aventuras de juventud como si en realidad nos estuviera descubriendo el mundo.

De aquellos años, de aquella época, siempre he de tener un soundtrack: José José, quien era el ídolo de mi tío y que siempre sonaba en su estéreo. De hace una semana en que lo enterramos a la fecha no he querido oír ninguna de sus canciones, pero siento que si en esta entrada no hubiera una, simplemente no hablaría de mi tío.
Descanse en paz.

lunes, 30 de julio de 2012

3
Ayer me enteré que La Tina, un homosexual que vivía por casa de mis suegros, está preso por violar a un niño.
Hará 12 años que la subí al vocho. Quería darle ride a un amigo de mi entonces novia y él, tal vez en venganza porque le había arrebatado a la mujer de quien había estado enamorado, me dijo que no pero subió a La Tina y me comprometió a llevarla a su casa. Vivía en una zona lodosa y no recuerdo de qué platicamos en el trayecto. Sí me acuerdo, sin embargo, que algunos drogadictos de la zona abusaban de La Tina cuando andaba colgada de un pasón, recuerdo que fumaba como si se vengara del cigarro con cada chupada, me acuerdo que sus zapatillas eran viejas y estaban raspadas del tacón.
Nada justifica lo que hizo La Tina. Pero hay una larga historia detrás de ese delincuente, como detrás de todos. Supongo.

2
Uno se queda acostumbrado al pasado. Por ejemplo: ahora que ya no debemos hacer cuentas cada vez que sacamos la cartera, seguímos haciéndolas. Es más, tenemos miedo de abrir la cartera y no hallar dinero, aun cuando, gracias a Dios, ya no debemos temer esto.
Vemos el futuro, sacamos una libreta y anotamos los gastos del mes, y aunque los ingresos son mayores que los pagos, seguimos con miedo a que algo malo suceda.
Supongo que a a veces el bienestar también provoca escalofríos.

1
He visto el trabajo de mi nuevo jefe. Es funcional, preciso, académico. Me da miedo perder mi empleo. Estoy acostumbrado a leer los periódicos, a hacer gráficas, a redactar resúmenes. Él, sin embargo, usa reportes a color, con interpretaciones que brindan más que mucho de lo que hago. Pienso en eso de que hay que adaptarse al cambio y tratar de innovar.
Pienso también en un posgrado, en una beca, en un libro, en un viaje.
Supongo que las etapas de la vida nos llegan así: de sopetón, para despertarnos y sacarnos de la zona de confort.

0
Aprieto el acelerador, pensando en Thelma, en Louis, en Luisa.
El aire hace que la foto que llevábamos en la guantera, vuele y se quede suspendida en el aire.

jueves, 28 de junio de 2012

Hará un año o año y medio que vi por última vez a Tenoch. Yo había ido a una junta de Zona de confort para anunciar que me retiraba del proyecto y Tenoch, a diferencia de las últimas semanas, lucía diferente. Para empezar pidió un capuchino o un frappé en el Starbucks. Luego, durante toda la junta, propuso una y otra cosa, habló de sueldos. Ya para eso de las 10 de la noche, a lo mejor más tarde, me ofreció un aventón a la casa y en el camino me contó la razón de su cambio: Sonia, su esposa, acababa de recibir una herencia y con el dinero inesperado habían pagado todas sus deudas: la escuela de los niños, el recibo de teléfono, las tarjetas de crédito, la luz, los préstamos de familiares... Incluso habían llevado a sus hijos a Six Flags sin negarles ningún capricho y ya organizaban una comida para los amigos quienes los habían apoyado en esos malos tiempos económicos. Además, la mitad de la herencia ya estaba en una inversión bancaria y unos días después irían a surtir su despensa como hacía años no podían.
-¿Y qué se siente?-, le pregunté-, ¿qué se siente dormir sin ninguna deuda?
Tenoch esbozó alguna respuesta: dijo que aún no lo sabía, que no le había caído el veinte (a pesar de que los bancos habían dejado de llamar a deshoras exigiendo pagos), que tal vez después podría decirme.
Pero no lo he vuelto a ver.
Hoy por la mañana, sin embargo, pude responder aquella pregunta: uno vuelve a soñar (y se siente el cuerpo tan ligero...).

lunes, 25 de junio de 2012

A veces me pregunto por qué leo, para qué leo. Es decir: después de leer un libro, una revista, un periódico, ¿qué gano? Más allá de la historia, de las sensaciones, cuál es el fin último de mi lectura (¿Hay un meta en leer?).
Luego recuerdo al profesor que provocó que leyera un libro de corrido (El silencio de los corderos) y su manía por hablarnos de la UNAM, donde él trabajaba. Creo que todos sus alumnos estábamos enamorados de las cosas que nos platicaba y creíamos que gran parte de esa vida se debía a que era un magnífico lector.
Sin embargo, en ocasiones ni siquiera llego a eso. Pienso en esa obsesión por tomar un libro apenas termino otro, y que eso no se puede incluir en un currículum, en la solicitud de un crédito, en la hoja rosa del ISSSTE.
Entonces, para qué leer, por qué leer. Y quizá, quiero pensar, me hago estas preguntas porque no me atrevo a hacerme una más importante: ¿por qué y para qué escribir?

martes, 5 de junio de 2012

Hace un año compré a escondidas de mi espoa Todo cuenta, de Saul Bellow. No es que costara mucho, sino que de alguna forma ella debía cuidar que no comprara libros nomás por comprar. Lo hallé en una librería de remate, en uno de nuestros paseos por el centro y una tarde en que fui a recoger unos ejemplares de mi novela, aproveché para bien gastar 30 pesos. Al llegar a casa lo oculté entre otros tomos, luego entró a escondidas en la maleta que llevé a Monterrey y allá, donde todo dio un giro radical, empecé a leerlo. Así, Saul Bellow siempre me recordará aquel viaje y el inicio de algunas amistades que sin proponérselo me impulsaron a dejar la queja y concentrarme en lo que yo puedo hacer.
Hace unos días recordaba este libro y dos más (La tentación del fracaso, de Julio Ramón Ribeyro, y Sueño en libertad, de Octavio Paz). Pensaba en ellos porque fueron lecturas que me abrieron nuevos horizontes y por esos días, los de hace unas semanas, yo andaba caminando sin rumbo, pero muy feliz.
Hoy, por fin, he hallado la cita que quería escribir aquí hace dos semanas. La dejo como un testimonio que quizá sólo sea significativo para mí.

Ya llevo muchos kilómetros recorridos hacia la promesa del sueño, pero llego ciegamente despierto a mi destino. Voy por tanto como en un estado de iluminación insomne. No he sabido comprender las cosas que he escrito, los libros que he leído, las lecciones que me han dado, pero he descubierto que soy un autodidacta de lo más persistente, con ganas de rectificar. Es muy posible que no haya alcanzado mis objetivos, pero a pesar de todo es una gran satisfacción haberse liberado de viejos y tenaces errores. Para entrar en una era de errores mejorados.

martes, 24 de abril de 2012

Hace algunas semanas me enojé con Dios: problemas familiares que le atribuía a sus designios: mis padres habían priorizado su religión y no a su hijo.
Hablé, grité, me enfurecí...
Al día siguiente, mientras me bañaba, le pregunté a Dios por qué había decidido así las cosas, cuál era el mensaje que me quería dar.
Y seguí mi vida, sin comprender sus decisiones.
El domingo, sin embargo, volví a hablar con Dios: había sido un día dichoso y tenía tantas cosas que contarle. No sabía qué palabras usar, ni cómo dirigirme a él (a veces siento que soy repetitivo en mis oraciones y que puedo aburrirlo), pero al final le dije esto mismo: "no sé cómo dirigirme a ti, ni cómo narrarte esta felicidad que seguramente tú ya conoces, pero quería estar un momento a solas contigo y no se me ocurrió otra forma de hacerlo".
En ese instante comprendí que en mi enojo, en mi alegría, no buscaba a Dios para contarle mis cosas, sino para sentirlo junto a mí. Entonces le hablé ya sin importarme las palabras que usaba.

martes, 17 de abril de 2012

Manual para (esposas (novias, amantes) de jóvenes) escritores

A las 6:15 me di cuenta que no sabía qué escribir, por lo que resultaba ilógico prender la laptop e irme a la sala. 30 minutos, quizá más, despierto y dándole vuelta a una idea. Luego, preferí acurrucarme en la cama y volver a dormir.
Al llegar al trabajo me topé con una columna de Jaime Mesa. Tras leerla recordé un proyecto frustado que el año pasado me ocupó algunas semanas:

Un hombre sale de trabajar siempre a la misma hora. En el camino a su casa pasa por un hospital (el General de México, había imaginado). Una de esas tardes descubre a una joven enfermera que al salir de la puerta se detiene intempestivamente y abre un voluminoso libro. Él la observa por algunos minutos. Ella sigue con un dedo fino las palabras de ese best seller que el hombre jamás leería. Al finalizar el capítulo la muchacha retoma el camino con una sonrisa.
Atrapado por esa mujer, el joven, quien resulta tener ganas de convertirse en escritor, empieza a espiarla diariamente hasta que se anima a hablarle, hacerse su amigo y acompañarla en su camino.
La relación fructifica y un tarde él conoce la casa de ella. Su librero está repleto de gruesos libros. Ella le confiesa haber leído todos. Él recuerda que de los miles de ejemplares que guarda en casa, muchos jamás pasaron de haber sido abiertos.
Se casan (ella no tiene familia, él aborrece a la propia, de ahí el rápido desenlace de la historia de amor). Apoyado emocionalmente por la mujer, publica un libro con relativo éxito y cae en un bache escritural.
Así que para salir de él comienza a recrear su historia de amor, punto por punto, hasta que en la novela que escribe desparece la muchacha a quien ha logrado hablarle un par de veces. Investigando el asunto (como se sabe la justicia en México no sirve de nada y él quiere resolver el misterio), se da cuenta que la mujer de la narración siempre pasaba por una farmacia vieja a comprar cierta crema que sólo ahí conseguía. La familiriadad con que dos de los empleados que ahí laboraban le llama la atención, sobre todo porque uno humilla constantemente a otro. Se descubre, como es de suponerse, una tercera historia: son hermanos y uno de ellos le robó la novia al otro, pero un día ella desapareció.
Tras semanas de preguntar por la enfermera, el hombre de la historia averigua que uno de los hermanos se enamoró de ella, y en la pesquisa también hallá algo anómalo: los hermanos venden productos a un Doctor Zhivago, a un Doctor Jekyll, a un Doctor Hesselius. Por su cultura libresca reconoce que aquello esconde algo más: la venta ilegal de medicamentos controlados.
El hombre de la narración se hace cliente de la farmacia y descubre la recurrencia de algunos doctores falsos. Así, tratando de hilar cabos, se mete de contrabando al departamento de la desaparecida y reconoce en el librero todas las novelas que dan cuenta de esos personajes médicos. En ellos está la respuesta a su muerte: no fue un crimen pasional, sino el simple homicidio de una mujer que se enteró de lo que no debía.

Así, el primer personaje, el hombre casado, retoma su vida de escritor, y para ello recurre a su esposa, quien le ayuda a buscar nombres de medicamentos, de productos que administrados en altas dosis puedan ocasionar la muerte. Al terminar el manuscrito, ambos poseen el saber de un farmacéutico. Entonces viene el proceso de corrección, y la esposa (lectora de best sellers, recuérdese), hace una crítica despiadada al texto. Él, quien durante todo ese tiempo se ha rodeado de un nuevo círculo de amigos escritores (de gustos librescos exquisitos), sabe que su esposa tiene razón, pero no puede aceptarlo, por lo que prepara un veneno insaboro, que no deja rastros, y se lo da a beber a ella.

La novela, que por algo fue fallida y nunca terminé, incluía al final una frase así: "Nunca habría soportado que se enteraran que el éxito de mis libros se lo debía a una lectora de best sellers quien los corregía desde su incultura". El libro, como es de esperarse, se convertía en un éxito de ventas, lo que provocaba que los amigos dejaran de hablarle a este escritor debido a que había abaratado su escritura y se había convertido en un producto comercial, alejándose de personas como ellos: marginales y auténticos devotos de la palabra.

Tras algunas hojas escritas me di cuenta que la historia no funcionaba. Hoy, después de leer a Jaime supe por qué: "¨(tras acabar una novela) Uno, además, está vacío de lit­er­atura. Está vacío de sí. Es como una bolsa vacía de Dori­tos Nachos en un remolino de aire dando vueltas hacia ninguna parte. Los sen­ti­dos con los que uno recoge expe­ri­en­cias están exhaus­tos. La can­tera de donde uno extrae mate­r­ial está ago­tada. Si uno ya ha escrito una nov­ela antes sabe que toda esa sen­sación de vacío es tem­po­ral. A veces, si la sober­bia o el miedo o el vacío se perciben como gigantes uno se equiv­oca e ini­cia una nueva nov­ela. Y fra­casa, a menos que uno sea Alexan­dre Dumas. Lo mejor, la expe­ri­en­cia lo dicta, es aguan­tar el tem­po­ral. Acos­tum­brarse de nuevo a vivir".

Y en eso ando...

sábado, 7 de abril de 2012

Algunos días pienso que me gustaría tener tiempo para leer y escribir más, pero cuando lo tengo prefiero salir a caminar tomado de la mano de Efraín y escuchar los mil proyectos de Luisa. A fin de cuentas: a nadie le importa que lea una página más o que escriba un renglón, pero para mi hijo sí es importante que lo cargue o le preste atención, y para mi esposa es fundamental que platiquemos... Así que esos días, tras algunos instantes de quejas, pienso que gracias a Dios existen las madrugadas.

jueves, 29 de marzo de 2012

Ayer me pidieron que redactara un texto para un homenaje. Tenían prisa y debía entregarlo un par de horas después. Dijeron que usara "mi imaginación" y que hiciera un texto "bonito". Para ayudarme, me enviaron la foto de un escrito en donde hablaban de la homenajeada: una secretaria de cierta asociación médica. Los escasos datos eran: su día de nacimiento; el nombre de sus padres, de sus hermanas, de su esposo e hijo. Además, en medio de una frase vaga, decían que había estudiado pedagogía, o eso pude entender.
El discurso debía durar dos minutos.
Hubiera querido tener una foto de la homenajeada, hablar de su mirada "profunda", de su cara "angelical", de su frente que delataba "inteligencia". Pero nada había que me ayudara a halagar a un fantasma.
"Cuando se le rinde un homenaje a una persona se habla de sus cualidades y de sus virtudes; se exalta su quehacer laboral o bien el efecto que tiene su presencia en otras personas. Entonces, las palabras y los adjetivos no salen de la mente, sino del corazón", comencé escribiendo más en tono de crítica que de discurso. ¿Cómo pedían a un desconocido que hablara bien de esa secretaria? ¿Si se habían tomado el tiempo para hacerle un homenaje, cómo no se tomaban diez minutos, veinte, para escribir algo que saliera de ellos?
El trabajo es trabajo, por eso continué con frases hechas, otorgando virtudes que no sabía si la homenajeada poseía... Hablé de las tardes que jugaba con sus hermanas, del empeño que había puesto por mostrarles que la enseñanza es un bien en la vida, que los juegos refuerzan los lazos familiares; dije que su esposo e hijo eran testigos de su empeño por formar una familia decente, del ánimo que ponía día a día y de las palabras de aliento que siempre tenía durante los momentos difíciles. Apunte, en el extremo de la mentira, que sus compañeros "apreciamos que nos regales un minuto y nos compartas palabras de afecto cuando más las necesitamos" y concluí con un exhorto a brindarle un aplauso que reflejara todo el cariño que le teníamos a ese fantasma al que acababa de darle forma.
Envié el texto y me dijeron que lo habían aprobado, pero durante toda la tarde no dejé de pensar en esa secretaria que oiría las palabras que su jefe había escrito sobre ella y donde expresaba a la perfección cuánto la conocía y la estimaba. Quizá porque nos gusta escuchar halagos es que pasamos por alto que muchos de ellos no encajan con nosotros. Tal vez porque nosotros mismos desconocemos cómo influimos en la vida de los otros. A lo mejor porque frente a nuestra eterna cotidianidad es que aceptamos esas palabras "dulces" que nos hacen sentir mejor, olvidarnos de las peleas en familia, de los momentos de tensión en el trabajo, de la monotonía que se trasluce en las miradas de nuestros compañeros de trabajo cuando nos saludan a lo lejos.
Yo era un farsante a quien no le había importado inventar palabras y cualidades con tal de cumplir un trabajo. Si en un futuro esa mujer recordaba su homenaje jamás se daría cuenta que esas palabras (vacías y falsas para mí) la habían hecho sentir mejor y saber cuánto les importaba a sus conocidos. Yo, sin embargo, iría pensando que muchas veces mentimos (nos mienten) cuando nos halagan; exageramos (exageran) virtudes y pasamos (pasan) por alto aquello que nos haría sentir mal. Hay quien dice que todo muerto fue una buena persona, pero creo que en ocasiones también los homenajes, las alabanzas son también dirigidas a buenas personas, pero no a personas reales.
Dicen que alabanza en boca propia es gatuperio, pero cómo adjetivar las falsas alabanzas.
Tal vez sólo el guiño, la sinceridad que acompaña ese hablar bien de alguien (de nosotros) sea lo que dignifique las frases bienintencionadas que siempre acompañan un halago.
Haríamos bien, pienso, en alabar sólo cuando sea preciso y merecido. De lo contrario, el silencio es lo mejor.




lunes, 26 de marzo de 2012

*

La roca del desierto es una Diosa engreida. Desdeña a los granos de arena por su tamaño y no acierta a explicarse de dónde su afán por asemejarse a ella. Digna, se vanagloria de nunca sucumbir a los roces de la serpiente, de no caer en la tentación del cascabel que irrumpe la calma.
Siente, la piedra, que el sol existe sólo para calentarla; que las aves, los roedores, se paran junto a ella para admirarla; que las tormentas de arena la erosionan como un intento por adquirir parte de su divinidad; que los cactos son guerreros dispuestos a defenderla.
Tras cientos de jornadas sola, cuando un hombre pasa los labios por debajo de la humedad que la roca ha acumulado, ella siente que no sólo otorga vida, sino esperanzas. Y cuando es un animal quien la mueve de su reposo, lo que intenta es llevar la fe a otro sitio.
La piedra tiene por reino una vastedad que gira en torno a ella, sin pedirle que se mueva siquiera. Ella es Diosa y está ahí para ser adorada. No más.

Las rocas del bosque, sin embargo, son diosas más humildes. Escuchan a los grillos y en sus entrañas repiten en un eco sus enseñanzas; se dejan tocar por el rumor de los árboles en otoño, y cuando un hombre o animal las mueven, ellas aprenden de ese cambio que su entorno siempre se está transformando. Las rocas del bosque, más grandes que las del desierto, por cierto, llevan años ahí y han aprendido a convivir con los dioses ríos, con las dioses aves, con los otros dioses...

*Leo a Ted Hughes

lunes, 19 de marzo de 2012

De marchar las cosas como las planeamos, el próximo sábado iremos al Vive Latino con El Negro y su esposa. Él me ha hablado de muchos de los grupos que se presentan, incluso me ha pasado su discografía, pero no terminan de convencerme. Si acaso, además de por Café Tecuba, iría por escuchar al Haragán & Cía., de quien escuchaba sus discos cuando manejaba el vocho rumbo al Chico. Entonces no eran épocas en que me juntara con El Negro (él ya estaba casado y su primer hija había nacido). Yo, en cambio, disfrutaba esas tardes de sábado en que me reunía con El Catrín, La Popis, El Herby y otros amigos e íbamos al bosque, a tomar cerveza, a tiritar con el frío y a fumar. De camino poníamos algún disco de "rock urbano" o algo de Caifanes y cuando andábamos muy de buenas, escogíamos a Shakira, a Alejandro Sanz o a Alejandro Fernández. Es decir, la guantera del vocho tenía cassettes para todos nuestros gustos y estados de ánimo.
Pero decía que iremos al Vive Latino con El Negro y su esposa. Y aunque ya ansío el momento en que Café Tacube cante "La negrita" o "El baile y el salón" (canción que apareció en el primer intento de cuento que escribí y que por un año me levantó en el radio despertador que tenía en la juventud), no es por escuchar esas canciones y otras por las que acepté que fuéramos juntos.
Últimamente soy muy nostálgico. Con El Negro compartí gran parte de mi adolescencia y entre pleitos por mujeres y por amigos que hoy ya se han ido, pasé tardes y tardes a su lado. A veces veíamos la tele (a él le gustaba Garfield y jamás le confesé que a mí no) o lo veía dibujar en papel al cual le ponía aceite para que simulara ser albanene u observaba cómo peleaba con su hermano menor o compartía su comida o jugábamos nintendo o pasábamos la tarde imaginando que un día seríamos ricos y compraríamos autos de colección, una gran mansión con mesa de billar y líneas de boliche, antena parabólica con cientos de canales y todos los discos de Aerosmith...
Es decir, El Negro fue mi primer amigo-hermano, hasta que un día de lodo, de juego de futbol, de encontrarnos con una compañera obesa y de hacer una broma que no soporté, se acabó todo aquello...
Yo, tímido entonces y ahora, me alejé de todos, en tanto él se hizo de muchos amigos. Terminamos la secuendaria sin dirigirnos la palabra y al entrar a la prepa yo me fui a Querétaro. Un fin de semana que volví a Pachuca me invitaron a una fiesta. Al llegar, él estaba ahí. No sé si pasaron minutos u horas para que nos habláramos, no sé si fueron las cervezas o simplemente que lo extrañaba demasiado, pero al siguiente fin de semana pasé a recogerlo a casa de sus padres y tuvimos una larga plática afuera de la oficina de correos que entonces (no sé si todavía) quedaba en la avenida Juárez.
Él me habló de una novia que tenía (recuerdo que era fea y más tarde, cuando la fuimos a visitar, me pareción también corriente). Además me confesó que su madre había colocado "estratégicamente" una caja de condones que él sin duda vería y con ello lo habían hecho sentir que ya era adulto y que cualquier plática sobre sexualidad estaba cancelada, pues todos esos temas ya habían sido resueltos con la caja aquella.
Si mi memoria no me falla, lo regañé por ciertas cosas. Él, molesto, me pidió que encendiera el carro y nos fuéramos de ahí. Luego escuchamos en la radio una cumbia que empezaba: "había una vez una pareja que se amaba sinceramente, desgraciadamente él pertenecía a otra mujer. Aun así la adoraba, y sabe Dios, hasta dónde pecaba, era su amor lo que importaba...". A mí me pareció fea y vulgar, como la novia a quien se la dedicaba, por lo que le propuse que mejor escucháramos el Get a grip. Aceptó.
Aquella noche, al volver a casa, me sentía dichoso. El Negro, mi carnal, nuevamente estaba junto a mí. Entonces pensé en una exnovia que en parte había tenido la culpa de nuestro alejamiento. Con su recuerdo vino Veracruz (donde ella vivía entonces) y con Veracruz vino Laguna verde, el sitio a donde habíamos ido juntos hacía un par de años: en el camino escuchamos muchas veces el Re, de Café Tacuba, así como el Bronco en Vivo, de Bronco. Ambos discos compactos los reproducíamos en un discman que vibraba de forma constante y que habíamos conectado por medio de un adaptador a la casetera del carro descapotado y rojo en el que viajábamos.
Muchos años después en un cuento que escribí aparece un viejo como el que conocí en aquel viaje a la planta nuclear. No es, por supuesto, el papá de El Negro, ni la explosión del reactor es algo que yo imaginara. De ese tiempo sólo recuerdo que nos hospedamos en un camión rodante y que el baño, además de diminuto, tenía una regadera de la cual salía muy poca agua y por muy pocos minutos (así que durante el fin de semana que duró el viaje me sentí sucio todo el tiempo).
Sin embargo, el soundtrack de ese viaje fue Café Tacuba, grupo que ha continuado a mi lado en los 20 años posteriores. Es más, de la poca música que cargo en el celular, uno de los discos es el Re y otro el Sino.
Sobra decir que cada que escucho ciertas canciones evoco a El Negro y todas las tardes que compartimos en nuestra adolescencia.
Hoy todo es diferente: el tiene tres hijos y yo empiezo con uno; él es un ejecutivo y yo un simple empleado; él está a la vanguardia de la música y yo cada vez retrocedo en mis gustos (ya pasé por Sabina, por los boleros y ahora he vuelto a la radio hablada). Pero más allá de todas esas diferencias, cada vez que aparece El Negro en el msn o en el cel, hay una canción de Café Tacuba que empieza a sonar en mi cerebro.
Por eso, por la nostalgia, por los recuerdos y por muchas otras cosas que me guardo, es que ansío que ya llegue el sábado y con la oscuridad y nuestras esposas como acompañantes, El Negro y yo cantemos a todo pulmón las canciones que son el soundtrack de nuestras vidas, y quizá también nos aventemos el corito aquel de "papa papa eo eo, papa papa eo eo"...

jueves, 15 de marzo de 2012

Se nos murió el Maestro

Ayer me preguntaron qué sentí al poner el punto final de Hijo de hombre. Dije que alegría por terminar un proyecto, emoción porque la novela me gustaba, pasión por lo que vendría después. Mentí.
En realidad lo he olvidado. Fue un proyecto de muchos años y cuando lo terminé aún estaba cobijado por un Maestro, por Daniel Sada.
Curiosamente también ayer me topé con Costasinmar cuando subía la rampa para el Metrobús de Ciudad Universitaria. Él llevaba audífonos, creo, y lo interrumpí cuando pasó junto a mí. En algún momento los dos fuimos talleristas de Daniel, pero Costasinmar abandonó la novela que escribía y que tenía personajes que aprecían sólo algunos párrafos y después desaparaceían junto con la trama contada por dos o tres capítulos. Hizo bien: se dedicó a la poesía. De él tenía noticias lejanas, lo encontraba a veces en CU (donde ambos estamos becados por la Universidad) y en nuestras pláticas breves intercambiábamos sentencias sobre lo que leíamos y dejábamos de leer. Nuestra relación, por decirlo así, era casual y como de dos conocidos, jamás amigos.
Sin embargo, hace un año retomamos el contacto. Lo invité a la presentación de mi novela, pero no llegó (ya me lo había advertido). No hubo reproches de mi parte, porque, hasta eso, siempre procuramos hablarnos con la verdad y de forma directa.
Ayer, por ejemplo, empezamos hablando de una antología poblana, de ahí pasamos a los escritores que reniegan del estado pero piden una beca y después quisimos curarnos en salud hablando un poco de nosotros. A él pronto le publicará un libro la UAM, además de que en Argentina está a punto de salir otro de sus poemario. Así que platicamos de todo lo que sucede después de que un editor se arriesga con lo que uno escribe.
-¿Sabes?-, me dijo en un tono serio lejano a su actitud normal -. Ahora recuerdo mucho a Sada y sé que desperdiciamos el tiempo que pasamos con él. Lo desaprovechamos a él. Ahora quisiera verlo y platicarle lo que me pasa, lo que siento que sucede a mi alrededor.
Y entonces me contó de esos secretos que ambos guardamos, de esas ansias por platicar de ciertas cosas que no nos atrevemos a contar.
-Si Sada aún viviera tal vez nos pudiera aconsejar, o tal vez sólo decirnos que no le hiciéramos a la mamada, que todo es normal.
Asentí.
-¿Recuerdas -,continuó en una especie de monólogo - cómo lo afecto la reseña de Lemus?
Negué con la cabeza. Mentía.
-El cabrón empezó a analizar lo que decía el Rafael y señaló cada punto en contra y en un momento, lleno de rabia, a punto de llorar, se quedó callado sin decir nada más... Por eso yo no quiero que nadie me reseñe. No sé qué haré cuando eso pase.
La gente pasaba a nuestro lado, seguramente pensando que estorbábamos.
-Si eso le sucedía a él, con tantos libros escritos, con el Villaurrutia en las manos y con un clásico como Porque parece mentira... ¿qué puede esperar uno? -continué su duda.
Después la tristeza se nos fue adhiriendo a la piel, aunque todavía platicamos algunos minutos. Él me habló de Rey Rosa y yo temí mencionarle a Toledo. Quise decirle que nos hace falta un maestro, y que justo de eso hablaba hace algunos días con Hugo César Moreno, sobre esta orfandad que tiene a los escritores jóvenes tan a la caza de reconocimiento: nos falta alguien que nos calme y nos diga que un libro es sólo un libro, no más, no la gloria, ni la fama, ni la posteridad.
-Se nos murió Sada -creo que le dije... o pensé.
Y luego nos despedimos de forma rápida, prometiendo un día tomarnos un café (aunque sabemos que nunca quedaremos de acuerdo). Costasinmar, extrañamente, por nuestra historia en común, por nuestra personalidad, poco a poco va más a mi lado que otros conocidos. Quizá un día me atreva a llamarle y ponernos de acuerdo no ya para tomarnos un café, sino para salir en busca de un maestro y así no sentirnos tan solos.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Pero cuántas veces el insomnio es un don. De repente despertar en medio de la noche y tener esa cosa rara: soledad. Casi ningún ruido.
Clarice Lispector

Efraín duerme en su cuna desde hace algunas semanas. Por ello despierto en la noche y, sigiloso, voy a verificar que esté bien tapado, que nada lo moleste. A veces, sin embargo, no concilio el sueño de inmediato y me quedo inmóvil en la cama: sin prender el celular o intentar leer un libro gracias a la iluminación que llega de la calle o... Es decir, me pongo a pensar en historias o recuerdo algunos días o pienso en mis padres y así pasan los minutos sin que me decida a levantarme a escribir o a leer o a trabajar o a hacer un poco de quehacer para que al día siguiente la casa no amanezca en desorden.
Hoy, por ejemplo, el insomnio me hizo pensar en pasteles y recordé que en el 99 a Luisa no le gustaban los pasteles, los había borrado de sus menús y debido a ello, en su cumpleaños tuvimos que comprar otra cosa: ¿galletas, pizza, una milanesa?
De entonces a hoy cuánto hemos cambiado: en gustos, actitudes, proyectos. Ahora ya no hacemos radio, es más, casi hemos dejado de escucharla. Tampoco nos desvelamos juntos (soy de esos hombres ancianizados que a las 11 de la noche ya está roncando), y menos nos gastamos la vida de un jalón.
Ayer, por ejemplo, cenamos guayabas y manzanas en dulce, en silencio, mientras ella redactaba un artículo en la laptop y yo leía un libro chileno. Si estábamos callados no se debía a un enojo o a que no tuviéramos algo que decirnos (yo guardaba algunas de mis frases inexplicables y sentenciosas sobre ciertos autores y libros, seguro ella tenía sus propias reflexiones), sino porque hemos aprendido a estar así, sin la estridencia de la tele, sin las palabras que se usan sólo para evitar el silencio, sin esos recuentos tediosos que antes hacíamos de nuestros días.
Yo había lavado los trastes (lo que significa que había tenido mucho tiempo para pensar) y ella miraba Malcolm el de en medio mientras Efraín dormía. Entonces, en esos instantes, cada uno vivía en su mundo sin importarle el otro, disfrutando sólo de sus pensamientos. En algún instante volteé a verla y la miré sonreir, con esa mueca que le hace cerrar un poco sus ojos inmensos. Podría haberle preguntado por qué reía, pero para que interrumpirla con cuestionamientos inútiles. Sin embargo, pensé en una tarde afuera de Radio UNAM cuando nos sentamos a platicar sobre su familia (aún no éramos novios) y ella me contó cómo celebraban sus cumpleaños. Ella reía entonces con mayor estridencia, pero con la misma mueca.
Quizá por eso, durante mi breve insomnio recordé que a Luisa le encantaban los pasteles de queso con fresas (tal como el que me había comido al salir de cierto consultorio, tras una buena noticia) y me acordé también de cuando no le gustaban los pasteles y sus amigos buscábamos suplirlos con algo más (hoy, además, le ha vuelto a gustar que le regalen flores).
A lo mejor es que todo este tiempo no ha sido sino un intercambio de manías y defectos, de alegrias y aventuras.
O tal vez...

martes, 21 de febrero de 2012

Cuando llegamos a vivir como pareja a Volcanes, el departamento de enfrente al nuestro lo acupaba una familia a quien apodamos "Los Ginos", debido a que la esposa se llamaba Georgina y era con quien más platicábamos. El resto lo complementaban Josué, un micrero regordete de risa fácil y escandalosa, una bebé de cinco o seis meses, y la mamá de Gina, una vendedora de comida a las afueras del Instituto de Cancerología.
Pronto nos hicimos amigos y a veces nos llevaban un taco para cenar o nos invitaban a sus fiestas. Así, conocimos a un hermano de Gina, quien era taxista y trabajaba todo el día para darle la mejor calidad de vida a su guapa esposa y a su hija.
Recuerdo alguna fiesta a la cual los acompañamos, por los rumbos de Azcapotzalco. Comimos mole de siete chiles, espaguetti y tomamos mucho tequila. De regreso a casa, fuimos a comer tacos cerca de la UIC y empezamos a contarnos en qué constían nuestras rutinas diarias. A pesar de tanto tiempo juntos (dos o tres años) no sabíamos mucho unos de los otros.
En aquel tiempo se acercaba mi cumpleaños y pronto nos cambiaríamos de casa, así que le pregunté a la mamá de Gina si podría guisar una taquiza y de a cuánto sería. Ella dijo que yo le comprara los ingredientes y que el costo ya depués me lo diría.
En mi cumpleaños todos gozamos de la comida, y aunque Los Ginos no llegaron para disfrutar la fiesta, pronto los volvimos a ver: el día cuando los fuimos a entregar los trastes. No sé muy bien cómo se dio la conversación, pero al final de aquella tarde salimos de su departamento sin pagar un peso por la taquiza y con algunos tequilas encima.
Todavía fuimos a una fiesta juntos y ahí nos enteramos que la madre se había mudado a Cancún y que Gina y Josué pronto se mudarían de casa.
Una noche tocaron a nuestra puerta y eran ellos. Querían pedirnos cierta cantidad de dinero para completar el depósito del nuevo departamento. Nosotros andábamos muy brujas, pero podíamos, si ellos aceptaban, sacar de una tarjeta de crédito parte del dinero que requerían, les dijimos. Luego tomamos tequila y nos divertimos con sus historias y sus risas. Al día siguiente vimos a Gina y le dimos el dinero que pudimos. Quince días después, se comprometió, nos pagaría.
Pasó ese lapso y otro igual. No sabíamos dónde buscarlos ni teníamos la intención. Sin embargo, al poco tiempo Josué consiguió una plaza en un sitio de taxis que nosotros siempre ocupábamos. Recuerdo que una noche abordó su taxi la mujer que estaba frente a nosotros en la fila. A partir de ese momento, dejamos de tomar nuestro taxi ahí y, cuando lo hacíamos, comprobábamos que no fuera Josué el chofer que nos tocara.
Una tarde le pregunté a mi esposa: "¿Oye, y por qué nos da pena toparnos con Josué, si no les hicimos nada?", y creo que llegamos a la conclusión de que era por no molestarlo o porque fuera a pensar que queríamos cobrarle.
Cambiamos nuestras rutas y como si ningunno quisiera encontrarse con el otro, a pesar de vivir por los mismos rumbos, no los volvimos a ver.
Una noche, muchos años después, abordamos un taxi en Insurgentes y ya estando arriba vimos que se trataba de Josué. Los tres (mi esposa, él y yo) fingimos no reconocernos. Nos dejó en casa y apenas nos bajamos de su taxi, tomó el celular y empezó a marcar un número telefónico.
De entonces a esta parte los hemos visto dos o tres veces. Pasan por la calle, ahora ya con dos hijas y a veces con la madre de Gina, quien al parecer regresó de Cancún.
Ayer, al abordar un taxi, el conductor me recordó a Josué: físicamente, pues no era ni amable, ni reía con potencia, ni escuchaba música norteña o salsa. No sé si aquel alejamiento haya valido la pena, pero como alguna vez lo dijo Luisa: es el destino quien se encarga de mantenernos retirados de las personas que en ese momento no confluyen en nuestra vida. Yo no lo sé, pero por algo considero a mi esposa como una mujer sabia...

martes, 10 de enero de 2012

Daniel tenía una gran memoria y cuando quería ejemplificar algo le bastaba concentrarse un poco y empezar a recitar de memoria: "Fuimos rebeldes y audaces. Yo la convencí de la nueva moral que ni aun yo tenía, y huimos sin ceremonia ni consentimiento. Ella trepó ágilmente a la grupa de mi caballo y así cabalgamos hasta las primeras estribaciones de la sierra. Bordeábamos los poblados y con ramas desgajadas íbamos cubriendo nuestras huellas. Nos detuvimos en una aldea cuyo nombre alude a la contemplada limpidez del río que la atraviesa". Luego nos decía ceremonioso: "ahí está el secreto, en el fraseo: frases cortas y frases largas mezcladas, algunas frases medianas". Entonces, sin saberlo, comprendíamos cómo debía narrarse.
Debido a que Daniel todo lo resolvía con la memoria, recuerdo aquella tarde en que llegó con unas fotocopias para todos los asistentes a su taller de "Preceptiva literaria" (nunca me atreví a preguntarle por qué lo había llamado así). Tomó las hojas y empezó a repartirlas y como si nos convidara de un secreto muy preciado, nos entregó el cuento "La tercera orilla" de Joao Guimaraes Rosa. Nos pidió leerlo y nos sorprendió evocando la figura del brasileño, su dominio de 10 idiomas, su miedo a ingresar a la Academia Brasileña de Letras, la visita que le hizo Rulfo en su oficina burocrática. Una semana después, supongo que desilusionado, nos escuchó hacer "análisis" fáciles de la obra de Guimaraes, su admirado Guimaraes. Sin embargo pienso que aquel rústico pensamiento se debía a que no comprendíamos todo lo que había detrás de aquellas letras, ni de las de Don DeLillo, ni de Rulfo, ni de Faulkner, ni de Pombo (a quienes admiraba y citaba con frecuencia).
Para nosotros, por otra parte, aquellas lecturas eran una luz tan fuerte que nos cegaba y preferíamos pasar por ellas a través del tamizaje de Daniel: un analista escrupuloso e irónico.
Así, algunas tardes nos descubría sus influencias, otras nos hablaba de Mario González Suárez, de Francisco Tario, pero también de Patricia Mercado y su temor por quién sería el nuevo presidente. Alguna vez alguien me preguntó si los talleres de Daniel eran buenos y sin reflexionarlo bien contesté que había semanas en que aquello eran charlas apasionadas que nada tenían de literatura, pero que bastaba con que Daniel hiciera un comentario preciso después de días y días para que uno comprendiera la literatura.
Claro, entonces nosotros no lo sabíamos e íbamos por el café turco que nos invitaba y por verlo recitar algunas frases sueltas, por llenarnos los ojos con sus libreros repletos y por escuchar hablar de sus tres grandes discípulos (al menos de quienes más nos hablaba): Eduardo Montagner, Isaí Moreno y Jaime Mesa. Pienso que secretamente los envidiábamos y anhelábamos que un día Daniel hablara de nosotros con otros alumnos, pero cómo iba a suceder si nosotros apenas estábamos escribiendo borradores, mientras aquellos tres ya tenían libros que avalaban lo que Daniel decía de ellos.
Una noche, de regreso del taller, uno de nosotros preguntó: "¿por qué dará talleres Daniel, no se ve que tenga necesidad económica?". Aventuré que así como eran célebres los talleres de Arreola, algún día Daniel también sería famoso por sus talleres, "no quiere ser sólo escritor, sino también un famoso maestro, a la manera de los antiguos escritores". Hoy sé de muchos jóvenes que fueron influenciados por su taller: Geney Beltrán, Raúl Manríquez, Eunice Mier, Marcela Sánchez Mota, Daniel Krauze, Arturo Vallejo, Guadalupe Nettel, Iván Trejo...
Recuerdo cuando se enteró que le había sido otorgado el Premio Anagrama. Nuestro taller se había cancelado, por lo que me pidió que convocara a todos en El Péndulo de la Condesa. Aquella tarde, como siempre, fue desprendido y nos invitó los cafés y la cena. Tal vez porque nos veía como unos pobres estudiantes que aún no podían pagar por todo lo que deseaban. Nos habló de la traducción al francés de uno de sus libros y de que el premio que le entregaría Herralde eran vitaminas puras. A él, sin embargo, siempre le había causado cierto resquemor los premios.
La mañana del sábado tras la muerte de Daniel, me escribió Costasinmar: "Acabo de enterarme de lo de Sada. No sé que hacer y sólo se me ocurrió escribirte". Supongo que la pena sólo nos permitió consolarnos en el silencio y la complicidad de los recuerdos. Aquella mañana, además, se confirmaba al fin que Daniel había ganado el Premio Nacional de Ciencias y Artes. Asimismo, se conmemoraba el 44 aniversario luctuoso de Joao Guimaraes Rosa, quien había muerto tres días después de ingresar a su temida Academia Brasileña de la Lengua. ¿Qué habría dicho Daniel de esta coincidencia?
El próximo domingo 15 de enero, a las 12:00 hrs., en Bellas Artes le realizarán un homenaje. Estarán Christopher Domínguez, Iván Trejo, Yuri Herrera y Federico Campbell, además de Marcela Sanchez Mota y Jaime Mesa. Supongo que muchos iremos para identificarnos con esa fraternidad que se creó alrededor de su obra. Ojalá logremos desbordar Bellas Artes, pero también contagiar y contagiarnos de sus insuperables libros.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

En marzo o abril nos sentamos a tomar café. Comíamos pan, mientras Efraín dormía. Puse algunas cuentas sobre la mesa (literal) y comencé a rascarme la muñeca de la mano izquierda (mis nervios). Le dije que nuestras deudas otra vez nos había ahogado, que era imposible salir del mes y que no veía una solución posible. Luisa, que preparaba su café sin atenderme, sin siquiera arquear la ceja, dijo que no debería preocuparme.
-¿Cómo quieres que no me preocupe si no tenemos forma de salir de nuestras deudas este mes?
Ella me miró como cuando sabe que estoy muy nervioso, con sus ojos tranquilos y su sonrisa calma.
-Dios proveerá.
No recuerdo si dormí bien o si soñé nuevamente que me extraviaba en esos edificios grises a donde voy cuando los problemas no me dejan. Sin embargo, al siguiente día Luisa tenía un plan que podíamos poner en práctica.
-¿Crees que con eso podamos salir? -, le pregunté desconfiado.
-No sólo eso, si lo llevamos a la práctica tal como te digo, para diciembre ya no tendremos una sola deuda.
Soy un hombre desconfiado, que se cree hábil con los números y aquel plan no me convencía. Pero poco había por perder. Hoy, gracias a Dios, ya no tenemos deudas...

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La mañana de hace diez años peleé con Luisa. Estaba en casa de sus padres y antes de las diez ya me había ido de ahí. Creo que fui a comprar una caja de manzanas, unos botes de crema y cuando regresé a verla sólo le dije: "Entonces, ¿nos casamos o no?".
Luego me fui a Pachuca, a bañarme, a vestirme de novio, a enterarme de esas cosas que uno nunca quiere saber y a prepararme para dejar la casa paterna. A las 8:15 u 8:20 de la noche ya estaba en la catedral de Tlalnepantla, entrando a la iglesia, tras de una novia que lloraba y hacía pensar que la obligaban a llegar al altar (en realidad lloraba porque sus papás no habían estado presentes al inicio de la misa). Ahora que lo escribo pienso que al fin he comprendido el apodo que me puso un exjefe.

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En 2004 no escribía, renegaba diariamente de no tener tiempo para leer, para escribir. Luisa, en una de esas ocasiones en que la hartaba con mis quejas, decretó por primera vez lo que hoy es una constante: "Escribe". El pretexto para hacerlo me lo dio un día que nos enojamos. Yo empecé a urdir una historia y poco a poco fui desarrollándola. Versión tras versión, desilusión tras desilusión, queja tras queja, Luisa siempre terminaba: "escribe" y no dejaba de impulsarme día a día. Cuando terminé el libro y no lo aceptaron en una editorial, ella lo leyó y me marcó algunos errores; después me dijo que lo mandara a otra editorial. Así lo hizo hasta que por fin logramos que se editara la novela y desde el instante en que tuvimos esa buena noticia, ella regresó a su cantaleta: "escribe". Creo que sólo así es como diariamente no desisto de este sueño, pues ella lo impulsa con una sola palabra (que en ocasiones es una exigencia).

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Llevamos algunas noches con cenas que nunca nos habíamos permitido: vino, queso, latería, carnes frías. En la computadora ponemos música y mientras vemos la ciudad a través de nuestra ventana, platicamos de los problemas, de los malos entendidos, de que ella leerá a ciertos autores para apoyar una nueva afición que tengo, de que yo vigilaré la página de Ciencia UNAM para enterarme de lo que ella hace. Bebemos un sorbo, escuchamos una canción, picamos un trozo de queso... Luego nos vamos a dormir y pienso en que nuestro matrimonio se ha transformado en esta eterna plática que mantenemos día a día, donde puedo interpretar sus gestos y ella entiende mis silencios, en que hemos dejado de ser Heatcliff y ella Catherine, en que hemos abandonado a esos jóvenes que se mantenían unidos con tal de demostrarle a su entorno que a pesar de los malos augurios, seguirían juntos... Ya no somos los de entonces, ya hemos llegado a una calma donde evitamos las discusiones e intentamos disfrutar de nuestra soledad de familia de tres, donde aprovechamos los apagones eléctricos para platicar de los sueños que siguen presentes, del pasado de cada uno que aún no terminamos de conocer, de aquello que nos inquieta y también nos permite estar juntos.

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Hoy escuchaba una canción y supe que todo esta palabrería es poco representativa de lo que pienso tras 10 años de matrimonio. Ahora veo a Luisa y miro a la mujer que ha soportado mis humores, ha impulsado mis sueños y me ha dado muchos momentos felices. Le decía a un amigo semanas atrás que valorara a su novia, pues era difícil encontrar una mujer que siempre nos obligara a lanzarnos al barranco con tal de no quedarnos inmóviles. En eso se ha convertido Luisa, en Thelma diciéndole a Louise que no pueden dejarse atrapar, que no pueden regresar a la vida simple que viven tantas personas. Es ella quien me toma de la mano y me obliga a apretar el acelerador y volar al vacío antes de quedarme como un personaje de relleno en esta vida... Es ella quien sonríe mientras yo estoy nerviosamente gozoso, es ella quien mira a la cámara y se deja retratar mientras sabe que todo saldrá bien, que de alguna u otra forma todo ha de resultar bien si no nos soltamos de las manos... Sé que todo esto dice poco, pero quise decirlo para contar un poco de aquello que muchas veces me callo, como por ejemplo, decirle a Luisa que ella es: