martes, 17 de abril de 2012

Manual para (esposas (novias, amantes) de jóvenes) escritores

A las 6:15 me di cuenta que no sabía qué escribir, por lo que resultaba ilógico prender la laptop e irme a la sala. 30 minutos, quizá más, despierto y dándole vuelta a una idea. Luego, preferí acurrucarme en la cama y volver a dormir.
Al llegar al trabajo me topé con una columna de Jaime Mesa. Tras leerla recordé un proyecto frustado que el año pasado me ocupó algunas semanas:

Un hombre sale de trabajar siempre a la misma hora. En el camino a su casa pasa por un hospital (el General de México, había imaginado). Una de esas tardes descubre a una joven enfermera que al salir de la puerta se detiene intempestivamente y abre un voluminoso libro. Él la observa por algunos minutos. Ella sigue con un dedo fino las palabras de ese best seller que el hombre jamás leería. Al finalizar el capítulo la muchacha retoma el camino con una sonrisa.
Atrapado por esa mujer, el joven, quien resulta tener ganas de convertirse en escritor, empieza a espiarla diariamente hasta que se anima a hablarle, hacerse su amigo y acompañarla en su camino.
La relación fructifica y un tarde él conoce la casa de ella. Su librero está repleto de gruesos libros. Ella le confiesa haber leído todos. Él recuerda que de los miles de ejemplares que guarda en casa, muchos jamás pasaron de haber sido abiertos.
Se casan (ella no tiene familia, él aborrece a la propia, de ahí el rápido desenlace de la historia de amor). Apoyado emocionalmente por la mujer, publica un libro con relativo éxito y cae en un bache escritural.
Así que para salir de él comienza a recrear su historia de amor, punto por punto, hasta que en la novela que escribe desparece la muchacha a quien ha logrado hablarle un par de veces. Investigando el asunto (como se sabe la justicia en México no sirve de nada y él quiere resolver el misterio), se da cuenta que la mujer de la narración siempre pasaba por una farmacia vieja a comprar cierta crema que sólo ahí conseguía. La familiriadad con que dos de los empleados que ahí laboraban le llama la atención, sobre todo porque uno humilla constantemente a otro. Se descubre, como es de suponerse, una tercera historia: son hermanos y uno de ellos le robó la novia al otro, pero un día ella desapareció.
Tras semanas de preguntar por la enfermera, el hombre de la historia averigua que uno de los hermanos se enamoró de ella, y en la pesquisa también hallá algo anómalo: los hermanos venden productos a un Doctor Zhivago, a un Doctor Jekyll, a un Doctor Hesselius. Por su cultura libresca reconoce que aquello esconde algo más: la venta ilegal de medicamentos controlados.
El hombre de la narración se hace cliente de la farmacia y descubre la recurrencia de algunos doctores falsos. Así, tratando de hilar cabos, se mete de contrabando al departamento de la desaparecida y reconoce en el librero todas las novelas que dan cuenta de esos personajes médicos. En ellos está la respuesta a su muerte: no fue un crimen pasional, sino el simple homicidio de una mujer que se enteró de lo que no debía.

Así, el primer personaje, el hombre casado, retoma su vida de escritor, y para ello recurre a su esposa, quien le ayuda a buscar nombres de medicamentos, de productos que administrados en altas dosis puedan ocasionar la muerte. Al terminar el manuscrito, ambos poseen el saber de un farmacéutico. Entonces viene el proceso de corrección, y la esposa (lectora de best sellers, recuérdese), hace una crítica despiadada al texto. Él, quien durante todo ese tiempo se ha rodeado de un nuevo círculo de amigos escritores (de gustos librescos exquisitos), sabe que su esposa tiene razón, pero no puede aceptarlo, por lo que prepara un veneno insaboro, que no deja rastros, y se lo da a beber a ella.

La novela, que por algo fue fallida y nunca terminé, incluía al final una frase así: "Nunca habría soportado que se enteraran que el éxito de mis libros se lo debía a una lectora de best sellers quien los corregía desde su incultura". El libro, como es de esperarse, se convertía en un éxito de ventas, lo que provocaba que los amigos dejaran de hablarle a este escritor debido a que había abaratado su escritura y se había convertido en un producto comercial, alejándose de personas como ellos: marginales y auténticos devotos de la palabra.

Tras algunas hojas escritas me di cuenta que la historia no funcionaba. Hoy, después de leer a Jaime supe por qué: "¨(tras acabar una novela) Uno, además, está vacío de lit­er­atura. Está vacío de sí. Es como una bolsa vacía de Dori­tos Nachos en un remolino de aire dando vueltas hacia ninguna parte. Los sen­ti­dos con los que uno recoge expe­ri­en­cias están exhaus­tos. La can­tera de donde uno extrae mate­r­ial está ago­tada. Si uno ya ha escrito una nov­ela antes sabe que toda esa sen­sación de vacío es tem­po­ral. A veces, si la sober­bia o el miedo o el vacío se perciben como gigantes uno se equiv­oca e ini­cia una nueva nov­ela. Y fra­casa, a menos que uno sea Alexan­dre Dumas. Lo mejor, la expe­ri­en­cia lo dicta, es aguan­tar el tem­po­ral. Acos­tum­brarse de nuevo a vivir".

Y en eso ando...

3 comentarios:

Rogelio Pineda Rojas dijo...

He tenido esa sensación de vacío, de cuando el hámster no gira en la rueda a pesar del trozo de queso al frente. En esos momentos procuro ver una película, alguna de Jason Statham y después escuchar música. Comer una ensalada de frutas por eso de la energía. Quizá es mi manera para retomar el fusil y disparar con mayor precisión sobre el alba del folio en blanco. Aún así seguiré errático, pero antes ni cómo jalar del gatillo. Un saludo.

Miguel Ángel Hernández dijo...

Va un abrazo de vuelta, Roger. Ya mañana, más tranquilo, también menos desvelado, seguró retomaré el hilo. Los fracasos, las hojas que a veces no se completan, seguro en algún momento dejarán de ser borradores. Entonces tendremos un pretexto más para brindar.

AleMamá dijo...

Vamos a esperar esa novela. Me entretuve con el resumen de la abortada novela, así es que quizás no fuera tan mala idea.
Saludos