martes, 2 de octubre de 2018

Medallas de guerra (cuento)

Sólo quien las gana conoce el verdadero valor de las medallas de guerra. Para el resto son trofeos para presumir, historias inciertas que contar. Pero quien estuvo ahí sabe que estas anécdotas cuentan sobre pérdidas más que sobre ganancias. Por eso, quizá, me siento obligado a contar las razones que me hacen volver a Pachuca, después de 10 años de vivir en el Distrito Federal y haber obtenido lo que pocos. Es decir, aquel muchacho quien vino con una beca a estudiar periodismo en la Carlos Septién no se va fracasado, sino que en la cumbre de su carrera decide regresar al terruño por una nostalgia del futuro a la cual he nombrado Galápagos, en honor a la novela de Vonnegut. ¿Por qué? Únicamente porque cuando leí aquel libro supe que incluso de algo que aún no ocurre se puede sentir añoranza, tal como le sucede al personaje que en su tiempo recuerda cómo era mejor lo que ocurría a mitad del siglo XXI.
Y no es que sea igual o que me crea un personaje literario, sino que esta historia, mi historia, siempre tiene un cierto olor a novela de los noventa, porque es ahí donde todo comenzó, en aquella clase de Lengua y Literatura I donde la maestra Mercedes me hizo conocer los libros. Iba en la prepa y para mí todo se resolvía en series americanas que sintonizaba en la televisión por cable, hasta el día cuando al entrar al quinto semestre la profesora nos hizo leer El silencio de los corderos. Entonces tuve que iniciar el libro cinco o seis veces para entender de qué trataba y no fue sino hasta que alguien me contó que había una versión cinematográfica, cuando tras ver a Anthony Hopkins y a Jodie Foster pude al fin hallarle el sentido al texto. Recuerdo cómo me impresionó Hannibal Lecter, cómo sufrí al lado de Clarice, pero sobre todo me acuerdo de que tras leerlo algo se había transformado en mí. Más tarde, durante el semestre, llegarían Isabel Allende, Bram Stocker, Julio Cortázar, Aguilar Camín y entonces ya era un hecho: había descubierto la literatura. Ya no era necesario que recurriera a las películas, sino que disfrutaba el libro y podía pasar las tardes leyendo en casa mientras mi padre veía con asombro cómo habían cambiado mis manías.
Tal vez algo tuviera que ver la fascinación que causaba en mí la profesora Mercedes, pues a sus cuarenta y tantos era una mujer guapa, con unas caderas que se insinuaban exactas debajo de los jeans ajustados con que vestía siempre. Eso y las blusas semitransparentes delatando unos senos que jamás habían dado de mamar y por ello, a esa edad, permanecían firmes. Lo demás es producto de mi imaginación: los labios sutiles siempre pareciendo húmedos, unos ojos que intimidaban con un simple vistazo. Por eso, porque ella llegaba oliendo a nardos, porque sus gestos eran los de una mujer que no se refugia en el pudor, es por lo que quizá fuera un alumno tan destacado en su clase.
Al final de semestre, la maestra para mí simplemente era Mercedes y después de cada sesión la acompañaba hasta su carro pidiéndole que me recomendara otro libro, o que me hablara de su vida de investigadora en la UNAM, desde donde viajaba a Pachuca lunes y jueves para darnos clases.
―Oiga, profesora, y si me gusta…
―Mercedes, te he dicho que sólo me llames Mercedes.
―Está bien: Mercedes, y si me gustan mucho los libros, pero no quiero ser escritor, ¿qué me recomendarías estudiar? ―le decía con tal de hallar un pretexto para ir tras su perfume durante dos o tres minutos más. Pero ella, que no se daba cuenta o pretendía no darse cuenta de mi obsesión por su persona, se encaminaba sin preocupación y me daba a cargar su bolsa, con lo que siempre era posible un pequeño roce de brazos, un instantáneo tocarse los dedos, las manos. Hasta que, por fin, de tanto jugar a tenerla como guía, un día descubrí que me dedicaría al periodismo y me apunté a la clase que daba en sexto semestre: Lengua y Literatura II, y continué viéndola y pidiéndole consejos. Entonces era ya mi madre sustituta a la vez que el romance por el cual no me interesaban las compañeras. De forma irónica, este desapego por las mujeres de mi edad propició que algunas de ellas, muy guapas, por cierto, me vieran cierto aire bohemio e intentaran una relación sentimental conmigo. Digo, estaba enamorado de Mercedes, pero para entonces ya sabía que era un amor platónico y por eso nunca dejé pasar la oportunidad de llevar a una de esas muchachas al cine, de darles besos en parques oscuros o de llegar a algo más en casas a donde sus padres arribaban muy de noche. A lo mejor esa fue la razón por la que mi padre jamás me dijo nada al verme leer poesía (que él consideraba sólo para maricones) ni Mercedes se preocupara de mi cercanía con ella (pensaría que la veía como una figura materna en mi orfandad adolescente).
Pero decía que todo tuvo un inicio ahí, pues Mercedes se encargó de fomentar mi pasión por la escritura y aunque no lo hacía con el resto de la clase, a mí me calificaba las tareas escolares con una exigencia que constituía un reto. Pronto, sin que los demás lo supieran, me pidió reseñas de los libros en lugar de simples reportes, y casi al finalizar el semestre, me dio las bases para una beca que ofrecía pagar toda la carrera en la Carlos Septién. Bastó con que hiciera un pequeño reportaje sobre librerías en Pachuca y que llenara algunos formularios, para que una fundación de periodismo me pagara la licenciatura y me diera una beca económica, la cual me permitió comer bien durante los cuatro años de carrera. El dinero necesario para alquilar un cuarto amueblado, así como para los libros que requería corrió por cuenta de mi padre, quien entonces ya empezaba a salir con una de sus compañeras de trabajo y quien vio en mis estudios en el Distrito Federal la oportunidad perfecta para reiniciar su vida sentimental después de cinco años de luto autoimpuesto.
Así, llegué a la ciudad de México con la esperanza paterna de que me convertiría en el nuevo Miguel Ángel Granados Chapa. No era en balde que lo pensara, pues incluso yo había comenzado a fantasear con ello, así que apenas me instalé en una casa en la colonia Álamos, empecé a buscar empleo en diversos periódicos. Mi poca experiencia, sin embargo, no impidió que entrara a El Gráfico como ayudante general y poco a poco fuera escalando de puesto hasta dedicarme a las notas de la liga de futbol de tercera división, que entonces competían con el único periódico que también cubría esos partidos: el Esto. Para mi buena suerte, el ímpetu y emoción que ponía en mis textos era superior al de Manuel Soriano, el viejito al que “el periódico en sepia de los deportistas” había encargado esa sección y quien cerca del retiro no hacía sino lo mínimo por cumplir con el trabajo por el cual le pagaban una bicoca. Aunado a esto habría que agregar que yo me volaba algunas frases de libros y las retocaba para redactar crónicas de partidos auténticamente aburridos, pero que en mis manos se convertían en clásicos dignos de la Eurocopa. Así, no pasó ni un año cuando ya me había absorbido El Universal y me tenían cubriendo algunas notas de la sección Ciudad en las cuales me regodeaba adjetivando como muy pocos podían hacer (quizá los viejos periodistas policiacos de La Prensa).
Junto con esto, mi vida se había convertido en una serie de triunfos que a los ojos de mis compañeros de universidad sólo eran posibles para los hijos de ciertos periodistas renombrados. No atinaban a darse cuenta de que mis éxitos eran una mezcla de buena suerte, mucho empeño y friegas constantes que ellos no estaban dispuestos a pasar. Asimismo, desconocían que yo tenía un motor que me impulsaba a superarme cada tarde en la redacción de notas: tener un pretexto para visitar a Mercedes en su departamento de Copilco y contarle las novedades que la hacían sentirse orgullosa de su pupilo. Porque habrá que decirlo, a ella le daba por presumir que uno de sus alumnos, sin siquiera llegar a los 20, ya era reportero de El Universal y leía mucho más que algunos de sus estudiantes de Letras Hispánicas y poco a poco se iba abriendo camino en un medio que sólo era accesible para aquellos con influencias.
Fue así como accedí a su mundo y muchas cosas más. Una tarde, justo a la semana de vivir en el DF, la busqué por teléfono y a partir de entonces fui a visitarla cada lunes a su casa. Ella, contenta de mantener contacto con el hijo lejano, me preparaba café y galletas; aceptaba que fumara mientras le narraba las cosas más cotidianas o ella me contaba de sus experiencias en las brigadas comunistas de finales de los setenta.
Llegaba a su casa empezada la tarde y nos sentábamos en su sala a platicar de tantas cosas que de pronto la oscuridad nos sorprendía al prender un cigarro y darnos cuenta de que las lámparas habían permanecido apagadas y nuestra vista ya estaba acostumbrada a la falta de luz. Entonces Mercedes, poniendo un alto que creía conveniente, me enviaba a casa a terminar tareas, notas informativas o libros que me había recomendado. No sé con exactitud cuánto tiempo habrá pasado desde la primera visita, pero ahora que lo pienso siempre recuerdo esas despedidas cuando un beso de mejilla me permitía un acercamiento inusual, donde aspiraba su perfume y en un abrazo fraterno me permitía sentir su cuerpo firme.
Después de El Universal conseguí un empleo en la revista Siempre!, donde colaboraba con reseñas de novedades de libros. Esto me permitió ahorrarme mucho dinero pues ya no era necesario que acudiera a librerías o bibliotecas, sino que bastaba con revisar el catálogo de las editoriales para pedir algunos ejemplares y a la semana recibirlos. Es increíble la cantidad que pueden enviar las encargadas de las relaciones públicas de las editoriales con tal de que les publiques una nota de 8 renglones. Con este empleo, además, mis tardes se hicieron más largas y pronto tuve tiempo hasta para relacionarme con un par de muchachas quienes veían en mí no al redactor de cinco o seis renglones, sino al Periodista, con mayúsculas, a quien podrían presumir como novio. De Leticia hay poco que decir. El día cuando Mercedes la conoció hizo una descripción certera: “su pantalón de mezclilla y blusa de marca la hacen parecer una joven con dinero, pero el mal gusto para combinarlos con esas zapatillas y esa bolsa de tianguis te hacen creer más bien que es una estudiante de maestría quien apenas empieza a disfrutar de su beca Conacyt y no sabe cómo gastar su dinero”. Además, añadió, “una mujer que en la actualidad usa medias no puede ser una persona en quien confiar”. A fin de cuentas, tenía razón. Aunado a eso, la superficialidad con que se comportaba provocó que a las pocas semanas me alejara pretextando que ella no merecía tener a su lado a un inútil quien no disfrutaba de las películas de Woody Allen o Akira Kurosawa.
De Helena, sin embargo, puedo decir mucho más. De principio me gustó que escribiera su nombre con h, y que ese error del encargado del registro civil la hiciera convertirse en aficionada a la literatura griega. Además, había en ella un porte que sólo tienen las mujeres quienes no pretenden apantallar: era alta, caminaba a la perfección con tacones (así recorriéramos muchos kilómetros) y el desaliño de su vestir se eliminaba al contemplarla con detenimiento: no es que tomara lo primero que encontrara en el clóset, sino que cada detalle tenía una correspondencia perfecta con otro: el pantalón con el collar, los aretes con la mascada con que amarraba pretendidamente con descuido su cabello, y sobre todo usaba una fragancia sutil, la cual, además, era muy similar a los nardos. Creo que el Escape, de CK, podría asemejarse un poco a ese perfume que rodeaba su cuello y permanecía en mi nariz hasta hartarme cada que le daba un beso.
Por lo demás, y eso era muy importante para mí, a ella no le impresionaba ni mi trabajo ni que me regalaran libros a montón. A Helena le gustaban mucho más las bromas que le jugaba cuando íbamos a comer un helado o mi cruel sentido del humor al referirme a las personas quienes no me caían bien: “su madre podría haber sustituido a Norman Bates sin ningún problema; ni maquillaje hubiera necesitado”. Ella reía a carcajadas y sin inhibiciones. Quizá esto fuera lo que más me gustaba de ella.
La tarde cuando llevé a Helena con Mercedes fue especial. Aunque no eran similares en nada, por un segundo, al regresar de la cocina con un par de tazas de café turco, tuve la impresión de que eran madre e hija. Ambas platicaban con una desenvoltura de brazos que las hacía pasar como viejas amigas. Además, en ese momento se burlaban de alguna tontería que yo había hecho o de una anécdota de cuando iba en prepa, la cual estaba contando Mercedes.
―Qué bueno que no te conocí entonces, Carlos ―dijo mi novia―, pues jamás hubiera aceptado salir con un muchacho que usaba ese tipo de zapatos.
De inmediato supe a cuáles se refería y aunque habían sido mis preferidos por una época, preferí reír y contribuir a que el ambiente se mantuviera relajado.
Ya de noche, cuando estábamos a punto de retirarnos, Helena me pidió no acompañarla hasta su casa, sino quedarme con Mercedes, ayudarle a recoger y lavar los pocos platos sucios y preguntarle cuál era su veredicto: “creo que, en el fondo, no le gusto para tu novia”, me secreteó juguetona. Obedeciéndola, me quedé con Mercedes, quien había insistido que no era necesario, y la ayudé a dejar todo en orden. Para eso de las diez de la noche todo estaba limpio. Mercedes me llamó a la sala y como si fuera un niño me pidió sentarme junto a ella golpeando con su mano derecha el sillón.
―Esa chica me ha gustado para ti ―dijo con tono maternal, adivinando qué esperaba antes de marcharme―. Es inteligente, tiene humor y buen gusto. Has elegido bien. No debes dejarla ir.
Y a lo mejor fuera porque hacía mucho no sentía unas palabras tan sinceras y tan apegadas a una orden, que me molesté y me levanté del asiento.
―¿Entonces me da permiso, maestra?
Y Mercedes comprendió mi molestia.
―No seas tonto, Carlos. No se trata de eso. Tú esperabas algo de mi parte y es lo que he querido hacer: complacerte.
Sin saber por qué, susurré lo que sería la peor estupidez: “bueno fuera”.
Mercedes no era una mujer tonta, así que adivinó a qué me refería. Se levantó del sillón y subió por las escaleras sin decirme adiós. Luego escuché cómo cerraba la puerta de su recámara. Me dio vergüenza mi actitud y el doble sentido de la frasecita. Salí de ahí y no quise regresar por algunos meses.
Culpé a Helena de mi error y dos semanas después dejé de visitarla y aceptar sus llamadas. Me concentré en la revista, en los estudios, y tras una breve plática con el editor de la sección Nacional de Milenio, conseguí cambiar de empleo. Por las mañanas tomaba dos clases y a eso de las 12 ya estaba en el periódico listo para recibir mi orden del día. Comía en la calle y a las seis regresaba a la redacción, pulía la nota que había redactado en el camino y a las nueve o diez estaba fuera del diario, fumando solitario por las calles, pensando en mi padre y su nuevo romance, en la habitación que me esperaba vacía en la colonia Álamos, en lo tonto que me había portado con Helena y en Mercedes, siempre en Mercedes.
Todo esto ocurrió durante el último semestre de la carrera, así que me fue fácil compaginar el trabajo con las últimas materias. Luego, justo una semana después de obtener mi título y cédula profesional, en el periódico me mandaron a Sinaloa a seguirle el paso a cierto empresario de quien se rumoraba tenía ligas con el narco. Baste decir que esas semanas las pasé tomando Tecate light la mayor parte del tiempo y que ubiqué a un informante, quien, tras llevarlo a un burdel, invitarle algunos bailes con unas mujeres y pagar su cuenta, fue capaz de filtrarme tres correos electrónicos cuyo contenido apareció en las ocho columnas y más tarde fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo. Así me convertí en el periodista más joven en conseguir dicho honor. No sé si merecidamente.
A partir de entonces fue suficiente hacerme de más amigos y poco a poco irme enterando de chismes de pasillo, de versiones extraoficiales para que todo mundo me vaticinara el éxito profesional. Ya no me juntaba con aquellos que iban saliendo de la licenciatura, sino que llegaba a ciertas cantinas del centro histórico donde convivían algunos “viejos lobos de mar”, “periodistas de la vieja escuela”. Por otra parte, si buscaba un poco de aventura, me iba al Covadonga y mientras platicaba con dos que tres políticos que rondaban por ahí, no faltaba alguna muchacha que aceptara tomar un trago en nuestra mesa y después me acompañara a otro sitio. No es que fuera un don Juan o me gustara ser de esos gandallas quienes van por la vida abusando de su fama, pero cada que veía a una mujer con aires de intelectual, con piernas firmes y con un cabello ondulado hasta los hombros, pensaba en aquella que había visto entrar años atrás en el salón de clases de prepa. Entonces, bastaba con invitarles algo “fuerte” y si no reconocían los versos hurtados a cualquier poeta, sabía que lo demás sería sencillo. Me encantaba, en una especie de burla, decirles al oído aquello: “usted sabe que puede contar conmigo, no hasta uno, ni hasta dos, sino contar conmigo…”, y ellas dejaban que me acercara un poco más. Sin embargo, si no percibía un ligero aroma a nardo o me daba cuenta de que su humor era simple y fácil, terminaba la conquista, salía del lugar y me iba a vagar por los rumbos de Copilco, fumando mis Lucky Strikes a la espera, o con la esperanza, de que Mercedes apareciera por ahí, de regreso de la Universidad.
Una noche en que el vino se me subió de más, me atreví a llegar hasta su casa. Ella abrió: no se mostró ni sorprendida ni contenta.
―Vienes borracho, sólo así te diste valor ―me recriminó en su papel de madre; luego entró hasta la cocina, preparó café y, sin decir palabra, se sentó frente a mí, en el comedor―. Es una vergüenza lo que haces, pero es tu vida. En balde todo lo que me esforcé en tratar de hacerte un buen muchacho, inteligente, mordaz. Ahora eres como cualquiera.
Entonces, como imagino que habría sucedido si aquello me lo hubiera dicho mi madre, empecé a llorar de forma inexplicable y así continué sorbiendo los mocos, limpiándome con servilletas, mirando de vez en cuando a Mercedes, quien tenía el entrecejo arrugado por el coraje.
Al fin, cuando el café se terminó, cuando dejé de lloriquear como un niño, tras llevarme un cigarro a la boca, se me ocurrió soltar:
―Perdón.
Aquella palabra entonces limpió todo el pasado, fue tan potente que Mercedes no dudó en abrazarme y empezar a consolarme aun sabiendo que mis escalofríos recurrentes no eran por falta de calor, sino porque yo había ansiado ese momento, pero con otras intenciones, y ahora estaba ahí, como un niño desvalido al que sólo las hormonas lo hacen reaccionar, pero que en el fondo desea que ese abrazo no se termine nunca, pues al separarse volverá a ser el infante que no sabe qué hacer. Y ella, la generosa, me mantuvo así hasta darse cuenta de que el hombre había sucumbido al adolescente que aún me habitaba, aquel que le pedía un consejo para afrontar la orfandad, el que estaba enamorado de ella porque veía a la madre ausente, pero no a la mujer. Fue así como después de muchos minutos, me soltó y me sirvió otro café.
―Sólo te voy a pedir que no fumes. Ya no podrás hacerlo frente a mí.
Yo, que si de algo podía presumir era de saber leer entre líneas, adiviné la mortal enfermedad que durante mi ausencia había entrado en aquella casa y tenía a Mercedes con la cara descompuesta: ahora podía saberlo con certeza: no estaba enfadada conmigo, sino con un cáncer que le había transformado la vida.
―¿Has ido con el doctor? ―pregunté estúpidamente. Ella sonrió tras la tetera, mientras volvía a llenar mi taza―. Más bien, ¿qué te han dicho? ¿Te estás tratando? ―entonces ya me había prometido nunca volver a fumar.
Por primera vez la vi como una persona normal, ya no la altiva que entraba a cualquier lugar provocando que voltearan a verla, ya no la guía de muchos estudiantes, sino la solterona que a sus cuarenta y tantos debía afrontar una enfermedad que emocionalmente es más agresiva que su sintomatología.
El resto de aquella velada he querido olvidarlo. Mercedes me permitió quedarme a dormir en su sillón y muy temprano, al otro día, tras apenas haber dormido un par de horas, salí de ahí con dirección al periódico. Fue entonces que empecé a hacer uso de mis contactos, a conseguir una cita con el director del Instituto de Cancerología, a entrevistarlo con tal de deslizar al final de la plática que deseaba saber si había posibilidad de que atendieran a un pariente.
Los primeros meses fueron agotadores por las varias terapias que sufrió Mercedes, quien a pesar de la radio y quimioterapia nunca perdió los ánimos. Por mi parte, solicité un cambio de sección y comencé a trabajar en un suplemento médico que en aquel entonces publicaba el diario. De esa etapa es que publiqué aquello del robo de medicinas antirretrovirales en un hospital del DF que me valió otro premio, y de ese tiempo también fue la entrevista que le realicé a Elkín Patarroyo sobre la malaria y un nuevo medicamento que entonces inoculaban a cierto tipo de monos. Esta entrevista daría la vuelta al mundo debido a que Patarroyo se topó con una farmacéutica con más poder que todas sus investigaciones y la cual quiso robarle su patente.
Tras un año de tratamiento, Mercedes me pidió que me mudara a su casa. Había dejado la Universidad y algunos días el ánimo y las fuerzas no le daban para continuar. Además, la caída de cabello, la piel marchita y los constantes vómitos eran ya parte de su cotidianidad.
Era un miércoles en que habíamos ido al cine y regresábamos a su casa cuando, sin que viniera al caso, soltó a quemarropa:
―Me gustaría que te mudaras conmigo. Dirás que es injusto, pero es que te necesito.
Había fantaseado con aquello algunas veces, pensando en ser más el amante de la señora Robinson que en el enfermero de una mujer con cáncer, pero yo le debía todo cuanto era a Mercedes y así fuera para que me tuviera en un rincón de la casa, sin decirme nada, estaba dispuesto a complacerla en cuanto me pidiera. Así que abandoné la colonia Álamos, cargué algunos libros hasta su casa y di mi nuevo número telefónico a mi padre, quien de a poco se había ido alejando de mí para complacer a su joven esposa y entonces ya era papá de un bebé que lo hacía lucir como abuelo. Eso sí, martes, jueves y sábados nos llamábamos sin falta y a veces me ponía al teléfono a mi medio hermano para que escuchara sus balbuceos.
La enfermedad fue más que dura, inadjetivable. Por eso no es posible ordenar los recuerdos para hacer una crónica detallada. Son fragmentos: consultorios fríos, agujas entrando en las venas, fármacos que queman al ponerse en contacto con la sangre, una realidad diferente a la que todo mundo cree.
La última semana de vida Mercedes decidió pasarla fuera del hospital. El doctor la había desahuciado y nos había dicho que ya no era conveniente intentar con un nuevo tratamiento. Aunque de principio fue un shock para nosotros, ella me tranquilizó argumentando que ya estaba muy cansada, que sus brazos estaban aguados de tantas agujas y que lo único que deseaba era poder recorrer las calles a mi lado, usando uno de sus viejos pantalones de mezclilla, una de sus blusas escotadas y una peluca pelirroja, ya que nunca se había atrevido a usar un tinte y aquella era la oportunidad perfecta para cumplir su fantasía.
Pedí vacaciones en el periódico, mismas que me dieron sin chistar pues les había conseguido una exclusiva merecedora de otro premio de periodismo y recién había entregado un reportaje que mostraba los sobornos que recibía un partido político cuyo dirigente presumía de honesto, pero financiaba sus corruptelas vendiendo a sobreprecio material quirúrgico a hospitales de provincia. Así que, sin dudarlo, desde el sábado que quedé libre, no amanecía cuando ya andaba caminando del brazo de Mercedes. Con su atuendo, su labial delineado a la perfección, el poco maquillaje que usaba y los tacones que ahora le costaba trabajo aguantar, caminábamos por el centro histórico, por La Lagunilla, comprábamos libros en la Ciudadela, recorríamos Donceles… Cuando se cansaba, nos metíamos a cualquier restorán y ordenábamos desde malteadas hasta tequilas o cervezas. Ya no tenía caso cuidarse de más, argumentaba ella, y yo, ansioso por cumplirle todos sus caprichos, la apoyé aun a sabiendas que horas después aquellos excesos redundarían en que Mercedes vomitara sangre o tuviera que recostarse por largo tiempo.
Para el viernes antes de su muerte, fuimos a Cuernavaca y nos sentamos por horas delante del museo de Cortés. Ella empezó a rememorar sus tiempos en la liga comunista y de un tema se fue saltando a otro hasta que me confesó que siempre había sabido que estaba enamorado de ella.
―Pero era tu maestra, y aquello no se hubiera visto bien.
Luego nos metimos a un Sanborns a comer y al salir se le veía contenta: “Si Slim comiera en uno de estos, sabría que no es justo cobrar como si en realidad estuvieras en un restorán”.
Regresamos a México ya de noche. Al llegar a su casa me pidió que le prepara un té: “de manzanilla, por favor” y, de forma inusual, se fue a sentar a la sala hasta que aparecí con la taza. Al verme se encaminó hacia su recámara. Ahí se sentó en el borde de la cama y me invitó a hacer lo mismo con unas palmadas sobre el colchón.
―Siempre quise que fueras un buen hombre ―susurró como hablando sólo para ella―. Quise que fueras culto, que tuvieras buen humor, que aprendieras a ver a las personas como nadie. Y creo que lo conseguí. Ahora eres un hombre y quisiera comprobarlo.
Entonces me arrebató la taza de la mano, la puso sobre el buró y con lentitud empezó a quitarse la peluca, a desmaquillarse, a desabotonar la blusa y luego el pantalón.
Aquella tarde al salir caminando del Sanborns unos tipos nos habían gritado desde una camioneta en movimiento: “gallina vieja hace buen caldo” y se habían ido carcajeando sin sospechar que su vulgaridad había sido un halago para el marchito ánimo de Mercedes.
Sin pensarlo mucho, le ayudé a terminar de desvestirse poco a poco, la recosté sobre la cama y fui recorriendo cada rincón de su cuerpo con los besos que de joven había imaginado. No era una mujer a punto de morir quien estaba frente a mí, sino la maestra de prepa que aún olía a nardos, quien me sonreía inocente como sabiendo que aquello no era sino una travesura, y quien guiaba mis manos y mi boca por donde deseaba que fuera recorriéndola.
Supongo que aquello no era amor ni pasión, sino una mezcla de agradecimiento y ternura, pues los minutos que empleamos en conocernos pasaron lentos y sin prisas. Luego, cuando ya no pudimos más, nos abrazamos como si aquel roce de pieles fuera a salvarnos del abismo que teníamos delante. No fui el amante de la señora Robinson, sino el hombre que por fin seducía a su amor platónico, a su maestra.
A media noche, cuando el sueño nos empezó a ganar, Mercedes me tomó de la mano, bajo las sábanas, y comenzó a hablar como para sí: “el destierro y la muerte para mí están donde no estés tú”. Supe que aquello era lo más cercano a una declaración de amor, así que me repegué a su cuerpo desnudo y empecé a besarlo de nuevo hasta que noté que se había quedado dormida. Reconocí de inmediato el poema de Luis Cernuda.
Amanecimos ya muy tarde, a mediodía. Mercedes se levantó de prisa y fue hasta el baño donde comenzó a vomitar. A los pocos minutos estábamos arriba de una ambulancia. La llevaba tomada de la mano y el paramédico en algún momento me pidió que no dejara de hablarle a mi madre. Molesto lo miré y corregí: “es mi esposa”. Aprecié la última sonrisa de Mercedes, irónica, inteligente.
Murió por la tarde y al día siguiente la enterré. Mi dolor había sido privado.
Al regresar a casa, a nuestra casa, fui hasta la habitación donde habíamos dormido, hice la cama, limpié el baño y bajé a la cocina a prepararme un café. El sueño me descubrió sentado frente al librero de Mercedes, recorriendo con la mirada cada uno de los títulos que había ahí. Fue, sin embargo, un dolor en el cuello lo que me hizo despertar a media noche y desde ese instante no pude dormir. A las 10 de la mañana, aún con el aliento viciado, fui a la tienda y compré unos cigarros como hacía varios meses no hacía. Encendí uno e iba de regreso a casa cuando sonó mi celular: era el jefe del periódico. Mi reportaje había sido seleccionado por no sé qué asociación de periodismo para participar como el mejor del año.
―Excelente noticia, ¿no crees? ―me dijo emocionado tras el auricular.
―Sí, excelente.
Luego regresé a casa y le marqué a mi padre en un atípico domingo. Le conté que quería regresar a Pachuca, le pedí que me dejara vivir con él por unos meses. No aceptó de muy buen grado, pero al final, quizá imaginando que eso fortalecería la relación con mi hermanastro, dijo que podríamos intentarlo por un mes.
No empaqué maleta ni nada. Hablé al periódico y sin dar explicaciones, renuncié. No es que fuera prescindible, pero la vida de un periodista de éxito dura muy poco, y cuando triunfa siempre pide ganar más. Por eso, porque miles de egresados salen de la universidad cada año tras haber estudiado comunicación, es que quizá no me dijeron nada. Preguntaron si me iba a otro periódico, y al estar convencidos que no era así, prometieron que mi última quincena sería depositada en tiempo y forma.
Colgué y fui hasta el librero de Mercedes, busqué su ejemplar de El silencio de los corderos y salí de la casa tirando las llaves en la alcantarilla tal como Cortázar hubiera hecho. Tomé el Metro y emprendí el viaje a Pachuca.
Las medallas de esta guerra para mí no valen nada. Lo mucho que hice en el DF podrá presumirlo alguien más. Lo único que me interesa, lo que me hace irme para siempre, es a quien perdí en esta batalla. “El destierro y la muerte / para mí están adonde / no estés tú. // ¿Y mi vida? / Dime, mi vida, / ¿qué es, si no eres tú?”, escribió Cernuda. Mercedes no está. Y así qué sentido tiene quedarme en medio de este desarraigo.

jueves, 27 de octubre de 2016

Me gustaba Susana como ninguna mujer hasta ese momento de mi vida. Íbamos en secundaria y me encantaban su ligero sobrepeso, sus ojos grandes y su risa escandalosa. No me importaba que jugara conmigo al amor, ni que tuviera novio y que fuera precisamente Zárate (uno de mis mejores amigos en primaria, con quien había pasado muchas tardes viendo películas viejas y comiendo tacos dorados de carne -la especialidad de su mamá-). Susana era mi obsesión al despertar y en el último segundo antes de caer dormido; era la causa de que me castigaran en clases por estar platicando o pasándome papelitos en los que le insinuaba cuánto me enloquecía que ella se dignara mirarme y seguir mi juego de cortejo.
Una mañana, en alguna materia donde Zárate no estaba, alguna profesora me reprendió y me obligó a tomar clase desde el escritorio. El castigo se convirtió en premio, pues justo frente a mí estaba Susana. No recuerdo cómo empezó todo, pero casi puedo sentir el pie de Susana subiendo por mi entrepierna mientras ella sonríe pícara. Nadie en la clase se percata de nuestro entretenimiento, pues la maestra explica algo delante del pizarrón, en la esquina opuesta a donde Susana y yo jugamos. Soy capaz de percibir el instante justo en que ella se descalza esos armatostes negros que le exigían a las adolescentes de mi secundaria y comienza a levantarme el pantalón y acariciar mi pierna, subiendo muy suavemente. Recuerdo con la frescura con que se conserva al primer amor, cómo hice lo mismo que ella y cómo, cuando terminó la clase, ambos respirábamos agitados y teníamos la cara roja.
Esa tarde mi padre no fue a recogerme y la mamá de Susana tuvo algún contratiempo que la hizo llegar pasada una hora o quizá más. Entonces no había celulares y al menos ella y yo teníamos la orden de esperar en la escuela hasta que llegaran por nosotros. Sabedor de las frecuentes borracheras que mi padre estilaba entonces, lo esperaba hasta las 4 de la tarde; si no aprecía, me enfilaba a casa sin temer algún castigo. Esa tarde, Susana y yo nos fuimos quedando solos poco a poco. Yo fui a la tienda y compré unos bimbuñuelos Bimbo, que entonces traín estampas de Alvin y las ardillas como promoción. La que me tocó traía a Alvin delante de un gran corazón, creo que pensando en Britanny. Eso fue suficiente pretexto para que comenzáramos a platicar, sentados en la banqueta delante de la secundaria. Recuerdo que me platicó de su padre, a quien ya no veía, del nuevo novio de su madre y de lo mucho que odiaba la escuela. Creo que yo le confesé las muchas veces que había caminado frente a su casa sin animarme a tocar jamás, de la ocasión que la había visto con Zárate comiendo un helado y de lo mucho que odiaba (y envidiaba) a su novio. Ella reía con esa naturalidad que me excitaba, me tomaba de la mano y una o dos veces se acercó mucho a mi cuerpo y estuvimos a punto de besarnos. Supongo que para nosotros el mundo en ese instante era otro, que lo que hacíamos era nuevo y esplendoroso, que estábamos disfrutando tanto el momento que nos aislamos de el rededor y dejamos de percibir que pasaban carros, que algunas personas caminaban tras nosotros e, incluso, que su madre había llegado, estacionado el carro y nos miraba entre inquieta y asombrada sin atreverse a interrumpirnos.
No me acuerdo en que instante se rompió el encanto, pero si que cuando descubrimos a su madre viéndonos desde su auto, comenzamos a reirnos de forma nerviosa, como los amantes que han sido descubiertos. Entonces nos levantamos y yo la acompañé hasta el vehículo, le abrí la puerta y saludé a la madre de Susana, quien me sonreía de esa forma condescendiente que tienen las madres. Entonces Susana me dio un beso rápido, furtivo, en la boca y cerró la puerta, sonriendo como si fuera ese un momento dichoso.
No sé qué pasó después entre nosotros, pero nunca llegamos a ser novios. Zárate en algún momento terminó su noviazgo con Susana y comenzó a salir con Elvia. Yo después me enamoré de Liz y nunca me hice su novio, aunque nos escribíamos largas cartas de lo que considerábamos era el amor. Susana un día dejó de ir a la secundaria con nosotros. Muchos años después El Negro me contó que Susana era madre soltera, creo que enfermera. Y yo, ahora que he escuchado "La ciudad ardió", con Alejandra Guzmán, he tenido la certeza de que esa mañana, esa tarde, al lado de Susana es algo que nunca olvidaré.

martes, 18 de septiembre de 2012

Eraclio Zepeda considera que un cuento debe escribirse en una sentada. Las correcciones, las anotaciones, los agregados, la estructura, pueden llevar días o años, pero la escritura como tal debe realizarse de una sola vez. Con eso en mente, me despierto a las 4:30 a terminar un cuento que llevo semanas escribiendo, reescribiendo, planeando. Prendo la laptop y releo las paginas que llevo escritas y tras teclear por hora y media, por fin creo que el texto está terminado.
Pienso, todavía en la oscuridad de la madrugada, que el cuentario pronto estará listo y lo dejaré reposar el mayor tiempo posible, tal como Sada nos recomendaba en su taller. Entonces recuerdo las tardes que veía a los compañeros del taller, las pláticas que teníamos en el vocho, cuando regresábamos de la Casa del Lago y me pregunto qué será de ellos. Por supuesto, la pregunta es retórica. A todos los tengo en mi Facebook y sigo sus vidas: unos publican más que otros, pero siento que sea como sea, aquel grupo sigue unido muy a pesar de que hemos dejado de vernos y de que Daniel Sada murió.
De todos, con quien más contacto tengo es con Jorge, con quien comparto poemas, blogs, canciones a través del FB. Él sabe de mis gustos literarios y, como asiduo visitante que es de la Biblioteca Central, me avisa cuando llega algún tomo que pueda interesarme: Plath, Carver, Hughes...
Hace algunos meses Jorge me comentó que iban a publicarle su poemario, en la UAM, y que además se avecinaba una edición en Argentina. En aquel entonces, decía él, yo era el único editado de los del taller de Sada, pero pronto seríamos dos huérfanos sadianos que no tendríamos un padre a quien llevarle nuestrso escritos.
No sé si fue entonces, antes o después que pensé en una novela donde nos disfrazaríamos en personajes, muy al estilo Bolaño, e intentáramos encontrar a Juan Crisóstomo Álvarez, el "mejor escritor que hubiera conocido" Daniel.
Sabiendo que a Jorge le gustaba Bolaño, empezamos a bromear con una carta que alguna vez le escribió el chileno a Mario Santiago Papasquiaro: "Estoy escribiendo una novela en donde tú te llamas Ulises Lima. La novela se llama Los Detectives Salvajes".
Entonces le dije: "Estoy escribiendo una novela en donde tú te llamas Jose Posadas. La novela se llama Hace falta un maestro". Y comenzamos a desvariar, diciendo que en lugar del Parque Hundido, el encuentro con algún poeta de la talla de Paz sería en un restorán Wendy's (el mismo del que tanto hablaba Sada), y que en lugar de Cesárea Tinajero, buscaríamos a Juan Crisóstomo, y así nos pasamos varios minutos hablando de nuestra versión mexicana de Los detectives salvajes.

Decía entonces que eso lo recordaba en la mañana, tras terminar un cuento. Y a eso de las once, ya en el trabajo, apareció Jorge con su poemario en la mano. El saludo fue rápido como siempre, sin muchas palabras. Retiró el celofán con que envuelven los libros y cuando le extendí una pluma, escribió:
Casa de Lago a las 6pm
es uno de los lugares más hermosos del universo
Jorge Posada
18 9 12

Luego platicamos unos minutos y lo vi irse por la puerta de cristal que divide la oficina del resto del mundo.
Abrí el libro y no paré de leer hasta que llegué al colofón. Tuve ganas de llorar, de nostalgiar hasta el límite, de acordar una reunión en la que todos los que íbamos a ese taller nos reuniéramos y platicáramos como entonces: de Herralde, de Sada, de Arreola, de los senos de cierta muchacha, de las palabras rimbombantes de cierto joven... Fue como si algo muy bueno le hubiera pasado a un hermano, fue como si al final de todas estas jornadas, existiera algo que nos uniera y nos marcara como personas diferentes, gente que convivió con Sada, jóvenes que platicaban dentro de un vocho sobre sus planes a futuro que hoy se están realizando...


(Copio dos poemas de Costa sin mar)

EL JEFE ME LLAMA A SU OFICINA.

Pregunta sobre mi comportamiento,
faltas y retardos.
No contesto.

Desafortunadamente no soy atractivo como Mr. Anderson
y ningún Morfeo tiene mi número de celular.

Regreso a mi escritorio.
Espero la hora de salida,
el año en que por fin me retire.


MI PADRE PREGUNTA
por qué no visto como los escritores
que aparecen en la televisión,
por qué no digo frases inteligentes.

Dice que no tengo carisma.

Quiere saber cuándo ganaré concursos.
Cuándo seré traducido a cuarenta idiomas.

Observa mis jeans rotos
(como los que usaba en la adolescencia).
Sabe que equivoqué el camino
o nunca lo tuve.*

*Posada, Jorge (2012), Costa sin mar. UAM, México, 46 páginas.

jueves, 30 de agosto de 2012

I.
El año pasado conocí a un joven estudioso que leía, sobre todo, libros de jóvenes escritores mexicanos. Para ello, buscaba en librerías, tianguis, ferias y ventas nocturnas. Varios libreros ya lo conocían, así que cuando llegaba un nuevo ejemplar del Fondo Editorial Tierra Adentro u otra editorial que publicara a menores de 40 años, lo llamaban y le ofrecían la nueva mercancía.
Con algunas cervezas dentro del cuerpo, empezamos a platicar al respecto y me externó una duda que le venía tras leer un buen libro de un joven escritor: ¿por qué tan pocos llegaban a publicar un segundo libro y luego un tercer libro y...? En aquel momento aventuré que se debía a que muchas veces el escritor ve en su primer libro publicado un paso certero a la fama, al reconocimiento, pero estos raramente llegan. "Después de que el libro está en librerías viene una avalancha de comentarios por parte de los amigos y familiares, pero puede pasar un mes, medio año, sin que salga una reseña del tomo", le dije un poco amargoso. "Hace poco alguien me decía que la mejor reseña, de las pocas que hubo, de su primer novela apareció seis años después de publicada. Ahora, imagínate", le dije a aquel muchacho, "como escritor esperas que a partir de ahí se abran las puertas, que se reconozca tu trabajo, pero al final te das cuenta que no elegiste bien a la editorial donde publicaste, o que no hubo la promoción que esperabas o que, simplemente, el libro no pegó. Entonces, supongo, viene una depresión terrible, pues aquello por lo que luchaste por varios años, escribiendo con la esperanza de que vendrían sólo cosas buenas, no se dio. Tu libro fue uno de los miles que se editaron ese año, tuvo un precio mayor a la de los bestsellers y sólo estuvo en las estanterías 15 o 30 días".
Creo que la cerveza ayudó a que cambiáramos de tema, y después de aquella plática, nunca volvimos a vernos.

II.
Leila Guerriero publicó unos días atrás un interesante artículo en El País: Los escritores y su primer libro. En él da a conocer el testimonio de varios autores quienes describen cómo fue el asombro al escuchar que al fin les publicarían: "Una voz dice algo en el teléfono, o una mano escribe un par de frases, y, al otro lado de la línea, del buzón, de la pantalla, un ser humano recibe el impacto con el cerebro paralizado por la euforia, con un vahído de felicidad o desesperación, porque la voz o el par de frases son el punto de llegada —y de partida— de algo que busca su destino desde hace meses, o quizás décadas, y ahora, al fin, después de que una cantidad de azares o insistencias hicieran su trabajo, la llamada o las frases vienen a decir estimado, aunque a usted no lo conoce nadie, aunque no ha publicado nunca nada, hemos leído su manuscrito y se lo vamos a publicar. El vahído y el impacto y la parálisis eufórica se repetirán, después, con variaciones. Pero nunca —nunca— como en ese punto de la existencia en el que un escritor inédito recibe la noticia de que alguien lo publicará por primera vez".
Después vienen los testimonios de quienes dicen que el primero fue el libro que los marcó o del que actualmente se avergüenzan o el que les abrió las puertas o..., pero poco dicen qué pasó después, entre el primer libro y el segundo, la escritura y publicación del segundo. Qué pasa cuando se tiene el libro entre las manos y no se sabe si leerlo o dejarlo reposar, en que no se sabe si escribir de inmediato otro libro o dejar que los sentimientos se estabilicen. Ninguno de esos autores dice cómo hicieron para tener el valor de sentarse e intentar escribir otro libro aún cuando no se sabe cómo le fue al primero.
Jaime Mesa, en su columna de la revista Crítica, habla un poco al respecto, de ese vacío que llega y se instala en la vida del escritor entre un libro y otro, entre la publicación de un libro y la escritura del siguiente, de esa parte de la que no hablan los manuales de escritura, ni dan clases en las escuelas para escritores, que es cómo sobreponerse al primer libro (segundo, tercero, cuarto...) tras el cual uno comienza a creerse escritor pero nada se lo confirma. Ese instante en que no basta ir a encuentros de escritores, presentar el libro, dar entrevistas, pues siempre se siente que no se es suficientemente escritor, que siempre faltan páginas por escribir, historias por contar.
A veces tomo como ejemplo a un amigo muy querido, quien con su libro 13 logró colarse en las listas de los mejores libros del año. En esas mismas listas había algunos primeros libros de otros jóvenes, pero también el libro del "autor conocido" editado ese año.
Más allá de la calidad de unos y otros, tomo ese ejemplo porque pienso que él, mi amigo, lleva "muchos" libros antes del que lo está "consagrando" (por llamar de alguna forma a ser apreciado por los críticos, porque su nombre esté en boca de otros escritores, porque empieza a ser reocnocidos por las editoriales importantes-comerciales). Entonces vuelvo a mí y pienso en mi única novela y en que hay que seguir escribiendo para ir haciendo camino...

III.
Fui al Colmex, a su biblioteca, a dejar unos libros. Recordé que años atrás había soñado con estudiar un posgrado ahí, pero también pensé que la vida me había llevado por otro camino. De regreso a casa comencé a escuchar un fragmento de Soldados de Salamina en voz de Javier Cercas y de pronto, como si todo lo anterior hiciera un clic, tome consciencia de que ese proceso (gracias a Dios) al parecer le ocurre a muchos. Dice Cercas:
"...En realidad, mi carrera de escritor no había acabado de arrancar nunca, así que difícilmente podía abandonarla. Más justo sería decir que la había abandonado apenas iniciada. En 1989 yo había publicado mi primera novela; como el conjunto de relatos aparecido dos años antes, el libro fue acogido con notoria indiferencia, pero la vanidad y una reseña elogiosa de un amigo de aquella época se aliaron para convencerme de que podía llegar a ser un novelista y de que, para serlo, lo mejor era dejar mi trabajo en la redacción del periódico y dedicarme de lleno a escribir. El resultado de este cambio de vida fueron cinco años de angustia económica, física y metafísica, tres novelas inacabadas y una depresión espantosa que me tumbó dos meses en una butaca, frente al televisor".
A Cercas lo conocí ya no recuerdo cómo, pero sí que cuando leí El inquilino supe que si quería ser escritor (cantaleta que había reiterado por cinco o 10 años) debía ponerme a escribir y no dejar que otro viniera a ocupar mi lugar o a escribir lo que yo deseaba. Así, cada que decaían mis ánimos por escribir la novela que entonces tenía en mente, volvía a Cercas y tras leerlo iba de inmediato a la computadora y continuaba con la historia que no me abandonaba.
Tal vez por eso mi inconsciente me hizo escuchar a Cercas justo en este momento, porque necesitaba recapacitar para que al despertar de madrugada tomara la computadora y me atreviera a meterle mano a esos cuentos que han reposado en mi cabeza y en la laptop. Hoy, al menos, amanecí con ese ánimo y volví a escuchar ese fragmento de Soldados de Salamina, pues a falta de un maestro que me indique el camino sigo confiando en los libros como remedio para estas crisis.

IV.
Recuerdo esa frase de Pedro F. Miret en Insomnes en Tahití : "El arte no es un filete que se puede pedir 'termino medio' o 'bien cocido' según el gusto del cliente. Hay que dar libertad al cocinero y estar preparados a que nos lo pueda servir quemado algunas veces".
Sigamos entonces cocinando, antes de que el aceite se enfríe.

martes, 14 de agosto de 2012

Mi tío se formó en una época en la cual bastaba un título de secundaria técnica para poder ser el más grande de los hombres. Que sepa, sus estudios de contador público los adquirió entre los 12 y 15 años, y después de trabajar en una licorería, de ser el mandamás del barrio de El Mosco y tras un primer matrimonio y tres hijos, llegó a ser uno de los directivos de Bancomer en Hidalgo.
La gente lo respetaba y sus subordinados le temían. Era extraño verlo en horas laborales sin el ceño fruncido, ordenando aquí, repasando números allá. Pero fuera de esas horas, al menos en su plan de tío, era un buen tipo. Tenía, eso sí, un problema: le gustaba demasiado el alcohol, pero esto nunca fue impedimento para que diario, a las 5 de la mañana, se levantara a correr, fuera al club deportivo, se diera una sesión de vapor, saliera a tomarse una "polla" y, tras arreglarse en casa, se dirigiera al trabajo.
Hará unos 15 o 20 años que dejó sus oficinas en el banco y no sé muy bien desde qué momento comenzó a ser uno de los contadores de la presidencia municipal. De 10 o 12 años para acá, le perdí el rastro completamente, quizá porque me mudé en definitivo a México, tal vez porque dejé de juntarme con mi prima Chris, o a lo mejor porque la vida nos separo para conservar sólo los buenos recuerdos.

De niño era el consentido de mi tío. Si del banco lo mandaban a un curso a Yucatán, allá iba yo con él; si era a Veracruz, lo mismo. Así fue como conocí Palenque, Mérida, el puerto jarocho, y como probé por primera vez el arroz a la tumbada, los hotcakes con malteada de fresa y como fui formándome en muchos sentidos.
Recuerdo un viaje a Veracruz: las llantas del carro se poncharon tres o cuatro veces durante la noche. Mi tío, que tal vez veía en mí a los hijos que ya no estaban con él, dejaba a mi tía Lidia (su segunda esposa) en medio de la carretera con Chris, de 4 o 5 años, y con Cyn, aún una bebé. Mientras, nosotros íbamos pidiendo aventón hasta que llegábamos a una vulcanizadora y comprábamos unos "gallitos" para terminar el viaje. Luego regresábamos al carro y yo me sentaba a ver cómo mi tío metía la llave de cruz, sacaba un birlo, otro más y cambiaba la llanta.
Después, ya en Veracruz, mi tío me despertaba muy temprano y me llevaba a correr junto con él a la playa. De entonces es la foto que aparece acá.
En ese viaje, además, aprendí que las personas también fumaban por gusto, supe cómo subir una pirámide en diagonal para no cansarse y que nunca deberían dejarse unas quesadillas al alcance de un perro (cuando mi tío se dio cuenta de mi error, súper enojado fue hasta donde yo veía al perro comerse las últimas sobras y grito: "ahora que ese cabrón vaya al banco a pedirme una tarjeta de crédito no se la voy a dar", y le tiró una piedra o una patada al perro).

De mi tío conservo otro recuerdo prestado: De niño mamá nos recitaba un poema que empezaba: "¿Que yo te amaba como a un Dios? Mentira...". Siempre lo atribuía a Amado Nervo y yo no tenía por qué pensar que no lo era. Cuando escribí mi Hijo de hombre pensé que ese poema encajaba a la perfección en la trama. Así, como lo conocía sólo de oídas y las estrofas resultaban disparejas debido a la mala memoria de mamá, comencé a rastrearlo en antologías y obras completas de Nervo, sin hallar jamás una referencia a él. Así, un fin de semana que visité a mis padres, le pregunté a mamá por el poema y por qué lo atribuía a Nervo. Contestó que aquel poema estaba en un cuaderno de trabajo que un día mi tío había rescatado del fuego: "íbamos de regreso a casa y de repente vimos a un hombre tirando libros y cuadernos por una ventana. Abajo, había una fogata a la que iba a parar todo aquello. Mientras el hombre gritaba furioso: '¿poeta?, ¿poeta?, mi hijo no será ningún pinche poeta maricón', tu tío se acercó a la hoguera y sacó algunos ejemplares que aún no estaban quemados: 'mira, manita, el señor quemando libros y a nosotros tanta falta que nos hacen'". Luego, apagando las orillas de un cuaderno de trabajo, se fueron corriendo antes de que aquel hombre se percatara del hurto-rescate. Dijo, además, que si lo atribuía a Nervo era porque aquel era el único nombre de poeta que conocía.
La escena de la fogata y del hombre impidiendo que su hijo fuera poeta me gustó mucho y la puse en la novela. Del poema, tiempo después, me enteraría que era de José Santos Chocano, pero la referencia la obtuve de internet, así que nunca he tenido la seguridad de que sea cierta.

El último recuerdo que tengo de mi tío es de hace un mes o poco menos. Fui a Pachuca y me enteré que estaba enfermo, hospitalizado. Acudí a visitarlo y aquello fue como entrar en una realidad aparte. Estaba con mi abuelita, diciéndole "Chula" como toda la vida le había dicho, y a mí, el "gordo". En la tele estaba DePelícula, y en algún momento comentó algo de una actriz del cine de oro. "Mira, Gordo, yo que tanto ejercicio hice, cómo quedé, de qué me sirvió", y luego se apoyó en mí y empecé a ayudarlo a caminar. Días más tarde, a las seis de la mañana me habló mi tía: mi tío Arturo acababa de morir y yo era el encargado de decirle a mi madre.
En el funeral la mayor deuda quizá haya sido mi abuelita, para quien su hijo era TODO, pero cada que miraba a mi tía Lidia reir o a Cyn planear las canciones que pondrían a la hora del entierro, sólo podía pensar en Chris, la hija mayor que tuvo que convertirse en piedra para soportar el vendaval: ella hizo los trámites, dio las gracias a nombre de la familia... Y yo, que no me atreví sino a intercambiar unas palabras con ella, pues temía que se nos fueran a pasar los días llorando por mi tío, recordando los viajes de infancia, las navidades compartidas en la niñez, las madrugadas en que nos encontrábamos en algún antro y éramos los mejores amigos, o los sábados en que llegaba a su casa y empezábamos a beber junto a mi tío, escuchando sus aventuras de juventud como si en realidad nos estuviera descubriendo el mundo.

De aquellos años, de aquella época, siempre he de tener un soundtrack: José José, quien era el ídolo de mi tío y que siempre sonaba en su estéreo. De hace una semana en que lo enterramos a la fecha no he querido oír ninguna de sus canciones, pero siento que si en esta entrada no hubiera una, simplemente no hablaría de mi tío.
Descanse en paz.

lunes, 30 de julio de 2012

3
Ayer me enteré que La Tina, un homosexual que vivía por casa de mis suegros, está preso por violar a un niño.
Hará 12 años que la subí al vocho. Quería darle ride a un amigo de mi entonces novia y él, tal vez en venganza porque le había arrebatado a la mujer de quien había estado enamorado, me dijo que no pero subió a La Tina y me comprometió a llevarla a su casa. Vivía en una zona lodosa y no recuerdo de qué platicamos en el trayecto. Sí me acuerdo, sin embargo, que algunos drogadictos de la zona abusaban de La Tina cuando andaba colgada de un pasón, recuerdo que fumaba como si se vengara del cigarro con cada chupada, me acuerdo que sus zapatillas eran viejas y estaban raspadas del tacón.
Nada justifica lo que hizo La Tina. Pero hay una larga historia detrás de ese delincuente, como detrás de todos. Supongo.

2
Uno se queda acostumbrado al pasado. Por ejemplo: ahora que ya no debemos hacer cuentas cada vez que sacamos la cartera, seguímos haciéndolas. Es más, tenemos miedo de abrir la cartera y no hallar dinero, aun cuando, gracias a Dios, ya no debemos temer esto.
Vemos el futuro, sacamos una libreta y anotamos los gastos del mes, y aunque los ingresos son mayores que los pagos, seguimos con miedo a que algo malo suceda.
Supongo que a a veces el bienestar también provoca escalofríos.

1
He visto el trabajo de mi nuevo jefe. Es funcional, preciso, académico. Me da miedo perder mi empleo. Estoy acostumbrado a leer los periódicos, a hacer gráficas, a redactar resúmenes. Él, sin embargo, usa reportes a color, con interpretaciones que brindan más que mucho de lo que hago. Pienso en eso de que hay que adaptarse al cambio y tratar de innovar.
Pienso también en un posgrado, en una beca, en un libro, en un viaje.
Supongo que las etapas de la vida nos llegan así: de sopetón, para despertarnos y sacarnos de la zona de confort.

0
Aprieto el acelerador, pensando en Thelma, en Louis, en Luisa.
El aire hace que la foto que llevábamos en la guantera, vuele y se quede suspendida en el aire.

jueves, 28 de junio de 2012

Hará un año o año y medio que vi por última vez a Tenoch. Yo había ido a una junta de Zona de confort para anunciar que me retiraba del proyecto y Tenoch, a diferencia de las últimas semanas, lucía diferente. Para empezar pidió un capuchino o un frappé en el Starbucks. Luego, durante toda la junta, propuso una y otra cosa, habló de sueldos. Ya para eso de las 10 de la noche, a lo mejor más tarde, me ofreció un aventón a la casa y en el camino me contó la razón de su cambio: Sonia, su esposa, acababa de recibir una herencia y con el dinero inesperado habían pagado todas sus deudas: la escuela de los niños, el recibo de teléfono, las tarjetas de crédito, la luz, los préstamos de familiares... Incluso habían llevado a sus hijos a Six Flags sin negarles ningún capricho y ya organizaban una comida para los amigos quienes los habían apoyado en esos malos tiempos económicos. Además, la mitad de la herencia ya estaba en una inversión bancaria y unos días después irían a surtir su despensa como hacía años no podían.
-¿Y qué se siente?-, le pregunté-, ¿qué se siente dormir sin ninguna deuda?
Tenoch esbozó alguna respuesta: dijo que aún no lo sabía, que no le había caído el veinte (a pesar de que los bancos habían dejado de llamar a deshoras exigiendo pagos), que tal vez después podría decirme.
Pero no lo he vuelto a ver.
Hoy por la mañana, sin embargo, pude responder aquella pregunta: uno vuelve a soñar (y se siente el cuerpo tan ligero...).