jueves, 27 de octubre de 2016

Me gustaba Susana como ninguna mujer hasta ese momento de mi vida. Íbamos en secundaria y me encantaban su ligero sobrepeso, sus ojos grandes y su risa escandalosa. No me importaba que jugara conmigo al amor, ni que tuviera novio y que fuera precisamente Zárate (uno de mis mejores amigos en primaria, con quien había pasado muchas tardes viendo películas viejas y comiendo tacos dorados de carne -la especialidad de su mamá-). Susana era mi obsesión al despertar y en el último segundo antes de caer dormido; era la causa de que me castigaran en clases por estar platicando o pasándome papelitos en los que le insinuaba cuánto me enloquecía que ella se dignara mirarme y seguir mi juego de cortejo.
Una mañana, en alguna materia donde Zárate no estaba, alguna profesora me reprendió y me obligó a tomar clase desde el escritorio. El castigo se convirtió en premio, pues justo frente a mí estaba Susana. No recuerdo cómo empezó todo, pero casi puedo sentir el pie de Susana subiendo por mi entrepierna mientras ella sonríe pícara. Nadie en la clase se percata de nuestro entretenimiento, pues la maestra explica algo delante del pizarrón, en la esquina opuesta a donde Susana y yo jugamos. Soy capaz de percibir el instante justo en que ella se descalza esos armatostes negros que le exigían a las adolescentes de mi secundaria y comienza a levantarme el pantalón y acariciar mi pierna, subiendo muy suavemente. Recuerdo con la frescura con que se conserva al primer amor, cómo hice lo mismo que ella y cómo, cuando terminó la clase, ambos respirábamos agitados y teníamos la cara roja.
Esa tarde mi padre no fue a recogerme y la mamá de Susana tuvo algún contratiempo que la hizo llegar pasada una hora o quizá más. Entonces no había celulares y al menos ella y yo teníamos la orden de esperar en la escuela hasta que llegaran por nosotros. Sabedor de las frecuentes borracheras que mi padre estilaba entonces, lo esperaba hasta las 4 de la tarde; si no aprecía, me enfilaba a casa sin temer algún castigo. Esa tarde, Susana y yo nos fuimos quedando solos poco a poco. Yo fui a la tienda y compré unos bimbuñuelos Bimbo, que entonces traín estampas de Alvin y las ardillas como promoción. La que me tocó traía a Alvin delante de un gran corazón, creo que pensando en Britanny. Eso fue suficiente pretexto para que comenzáramos a platicar, sentados en la banqueta delante de la secundaria. Recuerdo que me platicó de su padre, a quien ya no veía, del nuevo novio de su madre y de lo mucho que odiaba la escuela. Creo que yo le confesé las muchas veces que había caminado frente a su casa sin animarme a tocar jamás, de la ocasión que la había visto con Zárate comiendo un helado y de lo mucho que odiaba (y envidiaba) a su novio. Ella reía con esa naturalidad que me excitaba, me tomaba de la mano y una o dos veces se acercó mucho a mi cuerpo y estuvimos a punto de besarnos. Supongo que para nosotros el mundo en ese instante era otro, que lo que hacíamos era nuevo y esplendoroso, que estábamos disfrutando tanto el momento que nos aislamos de el rededor y dejamos de percibir que pasaban carros, que algunas personas caminaban tras nosotros e, incluso, que su madre había llegado, estacionado el carro y nos miraba entre inquieta y asombrada sin atreverse a interrumpirnos.
No me acuerdo en que instante se rompió el encanto, pero si que cuando descubrimos a su madre viéndonos desde su auto, comenzamos a reirnos de forma nerviosa, como los amantes que han sido descubiertos. Entonces nos levantamos y yo la acompañé hasta el vehículo, le abrí la puerta y saludé a la madre de Susana, quien me sonreía de esa forma condescendiente que tienen las madres. Entonces Susana me dio un beso rápido, furtivo, en la boca y cerró la puerta, sonriendo como si fuera ese un momento dichoso.
No sé qué pasó después entre nosotros, pero nunca llegamos a ser novios. Zárate en algún momento terminó su noviazgo con Susana y comenzó a salir con Elvia. Yo después me enamoré de Liz y nunca me hice su novio, aunque nos escribíamos largas cartas de lo que considerábamos era el amor. Susana un día dejó de ir a la secundaria con nosotros. Muchos años después El Negro me contó que Susana era madre soltera, creo que enfermera. Y yo, ahora que he escuchado "La ciudad ardió", con Alejandra Guzmán, he tenido la certeza de que esa mañana, esa tarde, al lado de Susana es algo que nunca olvidaré.

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