martes, 5 de junio de 2012

Hace un año compré a escondidas de mi espoa Todo cuenta, de Saul Bellow. No es que costara mucho, sino que de alguna forma ella debía cuidar que no comprara libros nomás por comprar. Lo hallé en una librería de remate, en uno de nuestros paseos por el centro y una tarde en que fui a recoger unos ejemplares de mi novela, aproveché para bien gastar 30 pesos. Al llegar a casa lo oculté entre otros tomos, luego entró a escondidas en la maleta que llevé a Monterrey y allá, donde todo dio un giro radical, empecé a leerlo. Así, Saul Bellow siempre me recordará aquel viaje y el inicio de algunas amistades que sin proponérselo me impulsaron a dejar la queja y concentrarme en lo que yo puedo hacer.
Hace unos días recordaba este libro y dos más (La tentación del fracaso, de Julio Ramón Ribeyro, y Sueño en libertad, de Octavio Paz). Pensaba en ellos porque fueron lecturas que me abrieron nuevos horizontes y por esos días, los de hace unas semanas, yo andaba caminando sin rumbo, pero muy feliz.
Hoy, por fin, he hallado la cita que quería escribir aquí hace dos semanas. La dejo como un testimonio que quizá sólo sea significativo para mí.

Ya llevo muchos kilómetros recorridos hacia la promesa del sueño, pero llego ciegamente despierto a mi destino. Voy por tanto como en un estado de iluminación insomne. No he sabido comprender las cosas que he escrito, los libros que he leído, las lecciones que me han dado, pero he descubierto que soy un autodidacta de lo más persistente, con ganas de rectificar. Es muy posible que no haya alcanzado mis objetivos, pero a pesar de todo es una gran satisfacción haberse liberado de viejos y tenaces errores. Para entrar en una era de errores mejorados.

2 comentarios:

AleMamá dijo...

¡Como todo en la vida! hay que conocerse y de pronto somos los que menos luces tenemos sobre nosotros mismos.

Miguel Ángel Hernández dijo...

Tienes razón, AleMamá. A veces, sin embargo, ese conocimiento sólo llega después de mucho errar. Este fue el caso de este posteo. :-*