viernes, 27 de marzo de 2009

De camino a casa me topo con una marcha de estudiantes. Se manifiestan en contra de las reformas al bachillerato que impulsa la SEP. Los primeros gritan consignas, los segundos echan desmadre, los terceros simplemente caminan, los últimos (punks y anarcos) miran con ferocidad a quienes pasamos a su lado.
Saco de mi mochila un poco de papel higiénico para sonarme la nariz y me acuerdo de Cuatromilpaz, de las marchas a las que fuimos juntos, de las consignas con el brazo alzado.
Es curioso cómo adoptamos costumbres de quienes nos rodean, de cómo nos las apropiamos. Aún recuerdo aquella ocasión cuando me preguntó si no era más barato cargar con un poco de papel higiénico en lugar de comprar kleenex. Yo sólo usaba kleenex.
Ayer, después de eso, de la marcha y del recuerdo, anduve por CU, crucé a pie muchas calles e iba pensando en Cuatromilpaz, cómo su alejamiento me fue casi impeceptible a pesar de que fue alguien fundamental para mí: tal vez porque nuestra amistad se había comenzado a fracturar cuando dejé de comportarme como su hijo siempre atento, a que le quité el nombre de "madre" y empecé mis propios caminos.
Qué diferencia con Lona, a quien llegué a conocer menos, pero a quien extraño más.
Con ambas, al igual que con Ró, recorrí cientos de veces la ciudad de México, nueva a cada paso para mí; gasté zapatos en caminatas interminables, en pláticas cuyo única imagen es la de las banquetas que pisábamos, pues casi siempre iba con la vista gacha.


Ayer, cuando caminaba solo, me dolían los pies, me ardía la garganta. Recién había leído los consejos de un escritor y me sentía alegre. Caminaba y pensaba en muchas cosas y en ninguna: en la novela cada vez más interminable, en los cuentos que he garabateado, en mi matrimonio, en la salud de mis padres, en mi incapacidad para comprender del todo el francés, en las personas a quienes olvido y quienes me olvidan, en mi salud, en un viaje que parece kármico, en el cansancio nocturno, en las correcciones de un libro.
Luego subí al Metrobús y abrí un libro. "Adquirimos costumbres de los otros", me repetía una y otra vez, luego solté una carcajada que nadie habrá comprendido. Supe que es una de las costumbres que le he plagiado a mi esposa.
La tarde estaba plena.
Compré un ramo de flores...

3 comentarios:

Chica-Lobo dijo...

Hola. Debo comentarle que por azares del destino -o quizá porque acostumbro saltar de blog en blog- llegué a este espacio. Me inspiró. Debo confesar que tengo otros blogs, pero decidí crear uno nuevo en el que verdaderamente pudiera hablar de lo que a diario veo y me convierte en la persona que soy. Sólo quería contarselo y decirle que he mencionado su blog en mi blog, no he puesto el link porque quería pasar y comentarlo antes. Un saludo.

Anónimo dijo...

Hola, no sabes como me he reido con este comentario: se me hace muy gracioso que te vean como un "adulto", (niña si solamente tiene un par de años más que tú). Por otra parte, me alegra que tengas una lectora más.

Ogirdor dijo...

Hoy está lloviendo en Estocolmo pensé que la primavera traería días soleados y agradables y no estás variantes impredecibles propias del norte.
Y justo ahora es cuando tengo en mente esas caminatas en la Ciudad de México. No me importaría usar un cubrebocas si tuviera esa oportunidad.