martes, 14 de agosto de 2012

Mi tío se formó en una época en la cual bastaba un título de secundaria técnica para poder ser el más grande de los hombres. Que sepa, sus estudios de contador público los adquirió entre los 12 y 15 años, y después de trabajar en una licorería, de ser el mandamás del barrio de El Mosco y tras un primer matrimonio y tres hijos, llegó a ser uno de los directivos de Bancomer en Hidalgo.
La gente lo respetaba y sus subordinados le temían. Era extraño verlo en horas laborales sin el ceño fruncido, ordenando aquí, repasando números allá. Pero fuera de esas horas, al menos en su plan de tío, era un buen tipo. Tenía, eso sí, un problema: le gustaba demasiado el alcohol, pero esto nunca fue impedimento para que diario, a las 5 de la mañana, se levantara a correr, fuera al club deportivo, se diera una sesión de vapor, saliera a tomarse una "polla" y, tras arreglarse en casa, se dirigiera al trabajo.
Hará unos 15 o 20 años que dejó sus oficinas en el banco y no sé muy bien desde qué momento comenzó a ser uno de los contadores de la presidencia municipal. De 10 o 12 años para acá, le perdí el rastro completamente, quizá porque me mudé en definitivo a México, tal vez porque dejé de juntarme con mi prima Chris, o a lo mejor porque la vida nos separo para conservar sólo los buenos recuerdos.

De niño era el consentido de mi tío. Si del banco lo mandaban a un curso a Yucatán, allá iba yo con él; si era a Veracruz, lo mismo. Así fue como conocí Palenque, Mérida, el puerto jarocho, y como probé por primera vez el arroz a la tumbada, los hotcakes con malteada de fresa y como fui formándome en muchos sentidos.
Recuerdo un viaje a Veracruz: las llantas del carro se poncharon tres o cuatro veces durante la noche. Mi tío, que tal vez veía en mí a los hijos que ya no estaban con él, dejaba a mi tía Lidia (su segunda esposa) en medio de la carretera con Chris, de 4 o 5 años, y con Cyn, aún una bebé. Mientras, nosotros íbamos pidiendo aventón hasta que llegábamos a una vulcanizadora y comprábamos unos "gallitos" para terminar el viaje. Luego regresábamos al carro y yo me sentaba a ver cómo mi tío metía la llave de cruz, sacaba un birlo, otro más y cambiaba la llanta.
Después, ya en Veracruz, mi tío me despertaba muy temprano y me llevaba a correr junto con él a la playa. De entonces es la foto que aparece acá.
En ese viaje, además, aprendí que las personas también fumaban por gusto, supe cómo subir una pirámide en diagonal para no cansarse y que nunca deberían dejarse unas quesadillas al alcance de un perro (cuando mi tío se dio cuenta de mi error, súper enojado fue hasta donde yo veía al perro comerse las últimas sobras y grito: "ahora que ese cabrón vaya al banco a pedirme una tarjeta de crédito no se la voy a dar", y le tiró una piedra o una patada al perro).

De mi tío conservo otro recuerdo prestado: De niño mamá nos recitaba un poema que empezaba: "¿Que yo te amaba como a un Dios? Mentira...". Siempre lo atribuía a Amado Nervo y yo no tenía por qué pensar que no lo era. Cuando escribí mi Hijo de hombre pensé que ese poema encajaba a la perfección en la trama. Así, como lo conocía sólo de oídas y las estrofas resultaban disparejas debido a la mala memoria de mamá, comencé a rastrearlo en antologías y obras completas de Nervo, sin hallar jamás una referencia a él. Así, un fin de semana que visité a mis padres, le pregunté a mamá por el poema y por qué lo atribuía a Nervo. Contestó que aquel poema estaba en un cuaderno de trabajo que un día mi tío había rescatado del fuego: "íbamos de regreso a casa y de repente vimos a un hombre tirando libros y cuadernos por una ventana. Abajo, había una fogata a la que iba a parar todo aquello. Mientras el hombre gritaba furioso: '¿poeta?, ¿poeta?, mi hijo no será ningún pinche poeta maricón', tu tío se acercó a la hoguera y sacó algunos ejemplares que aún no estaban quemados: 'mira, manita, el señor quemando libros y a nosotros tanta falta que nos hacen'". Luego, apagando las orillas de un cuaderno de trabajo, se fueron corriendo antes de que aquel hombre se percatara del hurto-rescate. Dijo, además, que si lo atribuía a Nervo era porque aquel era el único nombre de poeta que conocía.
La escena de la fogata y del hombre impidiendo que su hijo fuera poeta me gustó mucho y la puse en la novela. Del poema, tiempo después, me enteraría que era de José Santos Chocano, pero la referencia la obtuve de internet, así que nunca he tenido la seguridad de que sea cierta.

El último recuerdo que tengo de mi tío es de hace un mes o poco menos. Fui a Pachuca y me enteré que estaba enfermo, hospitalizado. Acudí a visitarlo y aquello fue como entrar en una realidad aparte. Estaba con mi abuelita, diciéndole "Chula" como toda la vida le había dicho, y a mí, el "gordo". En la tele estaba DePelícula, y en algún momento comentó algo de una actriz del cine de oro. "Mira, Gordo, yo que tanto ejercicio hice, cómo quedé, de qué me sirvió", y luego se apoyó en mí y empecé a ayudarlo a caminar. Días más tarde, a las seis de la mañana me habló mi tía: mi tío Arturo acababa de morir y yo era el encargado de decirle a mi madre.
En el funeral la mayor deuda quizá haya sido mi abuelita, para quien su hijo era TODO, pero cada que miraba a mi tía Lidia reir o a Cyn planear las canciones que pondrían a la hora del entierro, sólo podía pensar en Chris, la hija mayor que tuvo que convertirse en piedra para soportar el vendaval: ella hizo los trámites, dio las gracias a nombre de la familia... Y yo, que no me atreví sino a intercambiar unas palabras con ella, pues temía que se nos fueran a pasar los días llorando por mi tío, recordando los viajes de infancia, las navidades compartidas en la niñez, las madrugadas en que nos encontrábamos en algún antro y éramos los mejores amigos, o los sábados en que llegaba a su casa y empezábamos a beber junto a mi tío, escuchando sus aventuras de juventud como si en realidad nos estuviera descubriendo el mundo.

De aquellos años, de aquella época, siempre he de tener un soundtrack: José José, quien era el ídolo de mi tío y que siempre sonaba en su estéreo. De hace una semana en que lo enterramos a la fecha no he querido oír ninguna de sus canciones, pero siento que si en esta entrada no hubiera una, simplemente no hablaría de mi tío.
Descanse en paz.

5 comentarios:

AleMamá dijo...

Interesante sitio, amigo. No lo he recorrido mucho, pero lo leído hasta acá me ha gustado. Vale la pena conservar recuerdos de familia y de historia vivida. Y digo bien: "HISTORIA"; somos testigos de una época y lo que escribimos, por más subjetivo que pueda ser, vale; es un testimonio.

Saludos de Chile. Te leo y te anoto en mis favoritos para ver qué escribes.

Miguel Ángel Hernández dijo...

Muchas gracias por la visita, AleMamá. Desde antier vi tus comentarios, pero justo ese día y ayer fueron un poco complicados, así que esperé hasta hoy para contestarte.
No sabes la felicidad que me dio saber que hay alguien leyendo esto. Un abrazo y mi agradecimiento desde México.

AleMamá dijo...

Pues encantada de conocerte. Volveré cada vez que publiques y espero que tú me vistes también.
Saludos de Chile

Anónimo dijo...

Me encantó tu relato, Miguel. Desde donde esté, seguro tu tío escuchará emocionado a José José, y sentirá tu profundo cariño. Fabiola Pech.

Miguel Ángel Hernández dijo...

Gracias, Fabiola. Ahora que he vuelto a releer el posteo creo que al fin he comprendido por qué mi tío fue mi segundo padre. Te mando un abrazo fuerte fuerte.