martes, 26 de abril de 2011

I

Sueño nuevamente con la Facultad. Ahora, tras discutir con un líder sindical, salgo a los pasillos y por primera vez en mis sueños no me siento perdido. Eso sí, estoy borracho, no de alcohol, no drogado, sólo estoy borracho. A lo lejos se escucha música en inglés.
Veo la mano de una mujer que me toma y me lleva hasta una colina verde limón; me sienta frente a un escenario, donde una banda de jóvenes tocan la misma canción que escuché cuando deambulaba por los pasillos.
En la mano tengo una botella de vodka, que sabe a uva. Sirvo un vaso hasta el tope mientras la mujer de la mano que me tomó se sienta a mi lado. La presiento hermosa. Me asombra que esté a mi lado. Luego, nuestros brazos, que es lo único que puedo ver, se entrelazan y los dos (presiento) miramos hacia un cielo azul que me hace sentir tranquilo, a pesar de la embriaguez.
Bebo de un sorbo mi vaso. Estoy borracho hasta las cachas. Pienso esto en mi sueño. Y mientras vuelvo a llenar el vaso con el vodka sabor a fruta, la mano de esa mujer hermosa me permite acariciarla y juntos seguimos sentados en la colina, en ese pasto sedoso, mirando a la banda de rock que toca algo delicioso, mirando ese cielo azul que aumenta mi borrachera...

II

Tal vez hago mal en confiarme a mi Dios. No por confiar en él, sino por dejar que las cosas pasen sin preocuparme demasiado. Despierto de madrugada y me persigno, después empiezo a trabajar. Antes de salir de la habitación observo a mi esposa y al bebé dormidos, sin darse cuenta de mi partida. A veces prendo la computadora, otras me pongo a leer: poesía, cuentos, novelas. Y justo cuando los gallos de las casas vecinas empiezan a cantar, enciendo el bóiler y me meto a bañar.
Al salir, la mañana empieza a clarear y puedo ver la ciudad bañada por una luz naranja. Al entrar a la recámara, listo para continuar el día, verlos tan tranquilos, durmiendo, me hace sentir feliz.

III

Esta tranquilidad que se ha instalado y me permite disfrutar la vida...

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