miércoles, 16 de febrero de 2011

En ocasiones me pregunto para qué me sirve recordar.

Hace algunas semanas, por ejemplo, me llegó una carta de Lucha. Tenía 13 o 14 años sin recibir una. La vez anterior se trataban de 4 o 5 hojas que una novia a distancia me había escrito. En ellas me contaba de sus planes de matrimonio, así como de los nombres que tendrían nuestros hijos (creo que soñaba con tener un kínder en casa). Al día siguiente redacté una despedida amorosa, pero contundente, aclarando que el teléfono no había podido solventar las distancias (ella vivía en Veracruz) y que restringirnos a las cartas y a los besos en papel pronto daría pie a infidelidades: "creo que al fin comprendo aquello de que amor de lejos es amor de tres", tal vez le escribí.
De entonces a la fecha ningún sobre me había llegado a casa (bueno, sí, los del banco y facturas a pagar). Por eso, el día que abrí la carta de Lucha estuve a punto de llorar. Las palabras eran un agradecimiento a la Navidad que pasamos juntos, así como al gusto que le había dado conocer a su bisnieto. No más. Sin embargo, detrás de esa letra de molde estaban todos los recuerdos y añoranzas que se me juntan cuando hablo de mi abuela, de mi abuelita. Están las tardes en que nos bañaba a cubetadas en el patio de una vecindad vieja y sucia (pero que en la memoria tiene el resplandor de las mañanas de verano); están los guisados con sabor a infancia (que entonces odiaba); también se encuentran los cigarros y latas de aguardiente que ella consumía y que la ponían a bailar toda la noche; y están las preguntas sin respuesta que muchas veces le he querido hacer, pero que nunca me he atrevido por un pudor que no sé bien de dónde venga: "¿por qué dijiste aquello?, ¿no te diste cuenta que mataste a tu hija con esa mentira?".
Y así se me pasan muchas tardes, tratando de hallar respuestas. A veces las preguntas quisiera hacérselas a mi hermana (mayor que yo y tal vez con mejor memoria), otras a mis padres, en ocasiones a mis tíos o las personas que habitaron mi pasado. Quiero saber cómo recuerdan que pasaron las cosas, saber si en verdad son lo que yo creo o quizás es que he empezado a deformarlas para que mi pasado sea más mío, más creíble, más perfecto. Por ejemplo, algún día que platiqué con una prima me dijo que el té de canela con leche Nido que nos preparaba Lucha no sabía a licuado de fresa, como yo siempre había recordado, sino que sólo tenía el color del Nesquik de fresa. También me dijo que la abuela no sólo les preparaba huevos tibios a sus consentidas (mi hermana y mi prima la mayor), sino que los demas nietos rechazábamos ese almuerzo y la obligábamos a comerse media docena de huevos tibios y a improvisar un nuevo alimento. Y también me recordó que ciertas flores (las de la corona de Cristo) no eran rojas como en mis recuerdos, sino color coral.
Entonces los recuerdos, los de mi prima y los míos, colorearon de otro modo mi pasado, haciéndolo más aprehensible.
De ahí que ahora me pregunte si no es que recuerdo únicamente para hacer más creíble eso que no tiene forma en mi melancólica memoria.
No sé.
Tal vez.

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