jueves, 20 de agosto de 2009

Llueve mientras camino. Es de tarde y hace frío, pero yo estoy casi sudando de la emoción: he comprado algunos libros que deseaba, y lo mejor, sin gastar más de 48 pesos (:una tarjeta promocional que creía cancelada, pero que en realidad tenía una muy buena cantidad en puntos).
Recuerdo entonces una tarde de hace más de siete años. Recién nos habíamos casado y llevaba varios meses buscando un empleo sin suerte. Entonces estaba convencido de querer ser periodista, así que visité periódicos, revistas y nunca pasé de la puerta, donde un policía se compadecía y me aceptaba el currículum (la excepción fue aquella mañana que llegué hasta el escritorio de Alejandro Toledo, en El Universal).
Harto de llegar decepcionado a casa, decidí que lo mejor sería ocuparme en el servicio social, así que anduve buscando por aquí y por allá hasta que decidií ir al Instituto de Investigaciones Filológicas (quería al menos estar cerca de una buena biblioteca).
El Instituto no tenía convenio con la Facultad de Ciencias Políticas, pero pronto lo conseguiría, "es cosa de unos días", me prometió el consejero técnico, así que esa misma mañana comencé a trabajar.
Al llegar a casa (mi esposa esperaba verme deprimido como todas las tardes de los meses anteriores), comencé a platicarle de la Biblioteca del Instituto, del área de impresiones, del archivo restringido, de los catálogos de los libros de...
—¿Y te van a pagar? —preguntó sin tentarse el corazón.
Es cierto, no necesitaba un trabajo, sino dinero, y de eso no se había hablado para nada, no había un apoyo de 100 pesos o al menos lo de los pasajes, pero yo estaba feliz.
—No, pero dicen que para promover al Insituto me van a dar ejemplares de sus libros para hacer reseñas y después mandarlas a los medios de comunicación.
—¿Y? —interrogó adelantándose por algunos meses a la famosa frase de Lucero.
—Pues que después voy a poder quedarme con los libros —dije sonriendo, con la cara iluminada por fin, como si ese fuera el mejor día.
—Con libros, te van a pagar con libros... ¿Y con eso vamos a comer, a pagar la renta?
Caí en cuenta de todo lo que pasaba, de que aquello era otra de mis ilusiones, de mis sueños; que poco me importaba que estuviéramos comiendo tortas de ejote en salsa verde más de una vez a la semana para economizar, de que ya no me importaba andar con los bolsillos vacíos: me iban a regalar libros, de cosas que no me interesaban, pero libros...
—¿Qué quieres que te diga?— habrá continuado mi esposa (no lo recuerdo textualmente) —lo importante es que sigas tus sueños, y si tus sueños están en que te paguen con libros, pues comeremos sopa de letras...

Ayer, mientras caminaba por Miguel Ángel de Quevedo, recordaba ese momento, el día cuando fui feliz al pensar que me pagarían con libros. Ayer había comprado libros, libros que deseaba, y sin desenvolsar mucho dinero.
Ella no estaba para festejar conmigo, pero sin duda de haberlo estado me habría dicho lo mismo que desde hace casi ocho años: "lo importante es que sigas tus sueños".

1 comentario:

textonauta dijo...

Lo importante es que sigan los sueños, hermano. Yo también he tenido esa sensación con los libros: el ambiente se impregna de emoción, el olor de las ideas por descubrir, por encontrar un cómplice entre las páginas.
Un abrazo.